Domingo 20 de octubre | Mar del Plata
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03/01/2016

Enemigos íntimos

Desde el primer día todo resultó molesto. Quizás fuese mi intención de agarrármelas con alguien. Podía ser. Esos impulsos nunca duermen. Son la resaca del alma, las ganas de guerrear por nada, de tan aburrido que se está. Tal vez, solo tal vez. Pero de fondo había algo más. Una historia que empezaba mal. Un…

 

Desde el primer día todo resultó molesto. Quizás fuese mi intención de agarrármelas con alguien. Podía ser. Esos impulsos nunca duermen. Son la resaca del alma, las ganas de guerrear por nada, de tan aburrido que se está. Tal vez, solo tal vez. Pero de fondo había algo más. Una historia que empezaba mal. Un fuerte olor a contienda, una intuición cerrada de que el tipo que estaba delante, tendría serios problemas conmigo, un pálpito de lo más certero venido de lo profundo, un aviso sin tregua ni matices. Él y yo deberíamos acostumbrarnos a odiarnos con cierto estilo, compartiríamos el mismo lugar, y las cosas empezarían a correrse de su eje. Lo noté desde el mismo instante en que cruzamos la primera mirada, y ni hablemos de las primeras palabras.

-Qué tal –dijo con aire seco-, espero que nos llevemos bien.

-Ojalá que sí –contesté, con cara de ser el depredador que espera agazapado para saltarle arriba a la presa, hincarle las garras y retorcerle el cuello.

Aquella primera vez que nos vimos él se dio vuelta rápido para ofrecerme el desprecio de su espalda. Después volví a mi puesto, sabiendo que dábamos origen a la era que terminaría con la salida de alguno de los dos. Como dicen en las películas, el mundo era demasiado chico para ambos. Al principio parecía comportarse con respeto, pero yo notaba que intentaba dominar todo aquello que formaba parte de mi territorio. Con sigilo lo vi moverse buscando apoyos entre los demás y como todas las cosas que no dependen de un posicionamiento físico, sino de una sensación de superioridad, tuve que empezar a desplegarme tan ancho y tan consistentemente como podía.

-Supongo que te sentís muy cómodo con lo que estás haciendo –le dije un día mientras sorbía un trago de café de la máquina que siempre los sacaba aguados. Él levantó la mirada y sonriendo a quien tenía delante suyo –al parecer estaban chichoneando un poco con aquella compañera- me dijo que él no tomaría nunca café de esa máquina, que eso era como rendirse ante la mediocridad.

-Mjjj –balbuceé, y quemándome hasta las entrañas sorbí con ruido todo el resto de café que me quedaba dentro del vaso de plástico. Luego contraataqué-. Quizás las cosas tengan una manera de funcionar, y quien no las entienda, por inteligente que crea ser, se verá obligado a padecer la soledad de los iluminados –. Solté la frase con tanto desdén que algo me dolió en el cuerpo. La ironía se le atragantó en un gesto de la cara. Luego me fui tranquilo por el pasillo, tardando más de la cuenta, como hacen las mujeres que caminan a desgano para extender el encanto del paseo y las vidrieras.

Medio año transcurrió sin que nos dirigiésemos la palabra. Se coordinaba lo necesario a través de voces que actuaban de mandaderos. En el centro de todo había un gran biombo dibujado por el frenetismo despectivo de nuestras mentes. En las reuniones elegíamos lugares distantes, asemejándose a las indescifrables decisiones de los reyes, colocados uno en cada punta de una mesa larguísima. Y desde ahí nos apuntábamos con miradas letales, llenas de una indiferencia que tornaba denso el ambiente y hasta podía imaginarse un color oscuro tomando las paredes y el cortinado, avanzando luego por los mosaicos del suelo y subiendo por los pies de los demás hasta hacerlos vomitar un break, un tomémonos un respiro y seguimos más tarde. Se atragantaban con nosotros y el aire se volvía irrespirable.

-Será mejor que controles el mal humor-dijo de espaldas a mí, en complicidad con quien lo acompañaba. Estábamos bajando el ascensor. Sabía que esa frase era toda mía, que esperaba mi reacción, la violencia amontonada, el error del que pierde. Dejábamos atrás un día de trabajo pero no el odio que nos separaba. El otro rio y yo me metí las manos en los bolsillos para que quedaran presas, inutilizadas, practicando un nuevo grado de paciencia. Al abrirse en uno de los pisos, subió un viejo conocido que hacía rato que no veía, de esos amigos que se extravían en circunstancias bobas, que no tienen nada que ver con las ganas de no verse, la antipatía o el grado de amistad que se les profese.

-Ey –dije, exagerando el saludo-. No creí que un alto directivo pudiese juntarse con la plebe. Debería existir un ascensor más lujoso que éste para gente como vos.

Mi amigo rio de buena gana. Olió que algo me traía entre manos y me siguió la corriente.

Nada peor para un inseguro que darle a entender lo frágil que es el piso por dónde camina. Sobre mi enemigo no sabía muchas cosas, pero sí sabía esa. La había percibido en su actitud dócil y servil que afloraba con evidente facilidad ante aquellos que podían hacer de él, pero también de mí, un simple desempleado, un hombre sin horizonte vagando sin rumbo por las calles. Y esa es la doble faz de los soberbios: si lográs darles la vuelta podrás ver que apenas están sostenidos por hilos muy finos.

-Tengo un asunto muy serio que hablar con vos –el tuteo y la firmeza de mi voz ponía el contexto perfecto para un miedoso.

-Me podés pedir lo que quieras, un amigo es un amigo –dijo mi amigo, con un arte y una resolución que me obligó que aplicar mi máximo esfuerzo en contener la risa-. El trabajo es sencillo, solo hay que voltear un solo muñeco –hablé de un modo tan tajante que creí sentir la tibieza del pis que empezaría a correrle entre los pantalones a mi detestable adversario.

El ascensor llegó a la planta baja y el idiota bajó como si se lo llevara el diablo. El otro lo siguió sin chistar. Son de los que se mimetizan rápido por el tamaño de su estupidez.

-¿De qué hablabas? –preguntó mi amigo y sin querer averiguar nada me golpeó el hombro con la mano y dijo que yo nunca cambiaría. Bueno, como sea –siguió- parece que querías darle un susto a uno de esos dos. En fin, ahora el favor te lo pido yo –Sabía que podía contar conmigo para lo que quisiera-. Estoy sin trabajo y por eso he venido hoy a probar suerte a este lugar. Si tenés algún contacto, espero que lo actives, ¿sí?

-Dalo por hecho -contesté mientras veía que la tarde armaba de nuevo un escenario de sombras.

Al siguiente día el aire se respiraba distinto. Hay cosas que se saben sin necesidad de ser comprobadas. Alguien me había ganado de mano en la máquina expendedora de café.

-Llevate este que yo me preparo otro –dijo un sumiso y humilde compañero de trabajo, ex enemigo, convertido ahora en el cordero convidador de los cafecitos de la mediocridad.

-Gracias –le dije-. Luego pegué media vuelta y me fui pensando que tal vez había estado de más haberle agradecido un gesto tan rastrero.

 

 

 

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