La música de los pájaros

Le pedí a mi mujer que me alcanzara el transporte de la…

13/05/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Le pedí a mi mujer que me alcanzara el transporte de la guitarra. Solo ella sabe dónde van a parar las cosas que se pierden de vista. Es una cualidad similar a la de los padres cuando te dicen que busques algo, volvés diciendo que no lo encontraste, y al segundo se levantan y van al mismo sitio, toman aquello que no encontraste y te lo exhiben como si fuese un trofeo para tontos.

—Gracias —le dije y ella sonrió arqueando las cejas. Lo recogió del suelo, justo al lado del sillón donde me encontraba.

Las tardes de domingos, tan quietas y silenciosas, con la paz que obtuvimos al concretar nuestro sueño de la casita de campo, nos daba el respiro y el lugar para nuestros pasatiempos. Mientras ella cantaba yo ponía todo de mí para no romper la magia de su voz con arpegios muy suaves. En más de una ocasión la incentivé a que aprendiera a tocar, pero me decía que hay gente hecha para unas cosas y otras para otras. Siempre fue de respuestas simples pero contundentes. Me gustaba contemplar la profusión de las tenues arrugas que se habían ido formando en su rostro, y veía en ella un futuro de abuela que se mece en su sillón de mimbre, rodeada de nietos, los hijos de nuestros hijos, escuchándola cantar.

Nos disponíamos a tocar una de Dylan que ella entonaba como Joan Báez. Se cruzó el dedo en la boca después de mis primeros acordes.

—Shhh —dijo, y arrugó el ceño. Afuera cantaba un pájaro que nos visitaba por las tardes, como si la naturaleza enviase un mensajero celoso de nuestro arte—. Ahí está. No se puede tocar mientras él esté cantando, ¿no?

La inocencia de mi mujer fue el primer encanto que revolucionó mi vida. El trinar del ave simulaba mi guitarra, al tiempo que ella improvisaba un fraseo, y era como si estuvieran hablando entre sí. Yo me sentía aislado pero satisfecho. Observaba en ese deleite de media tarde, a una mujer que hablaba el idioma de los pájaros, moviendo los brazos como si fueran alas, hasta que al fin todo terminaba y yo comenzaba a rasgar mi guitarra como si volviera de una suerte de placentera hipnosis.

—Shhh —dijo de nuevo.

—¿El pájaro otra vez? —pregunté.

—No. Otra cosa. Es otro ruido —hizo una pausa—, como si hubieran abierto la puerta del fondo.

Pensé en el viento que a esa hora se volvía más intenso, en nuestro perro que solía escoger su lugar para escucharnos cantar. Pero no. Vi que se levantó con un gesto extraño y caminó con cierta cautela hacia la parte de atrás de la casa. Seguí improvisando un poco esperando a que volviera. Me sobresalté al escuchar unas voces, luego sobrevinieron unos gritos. Al instante un sujeto entraba al living tomando a mi mujer por detrás, tapándole la boca. Pero también había otro que me amenazaba a distancia con una pistola.

—Quedáte quieto guacho. Quedáte quieto porque sos boleta.

—Tranquilos, tranquilos, todo está bien —dije y levanté las manos. La guitarra hizo un ruido deforme al golpear contra el suelo.

Después de un par de culatazos y puteadas me metieron en el baño y cerraron la puerta del lado de afuera. Podía escuchar lo que decían, me desesperé al saberme inútil, y esos dos con mi mujer de rehén, tan cerca de mí, y sin embargo, a una distancia que se me antojó imposible, terrorífica.

—No la toquen por favor, llévense lo que quieran, pero no la toquen.

Los ruidos empezaron a multiplicarse como si desmantelaran la casa, todo a los gritos y con mucha violencia. Patadas y más patadas, insultos y guarangadas.

—Vos tocá la guitarra putita —le decían a mi mujer—. Tocá te digo.

Imaginé lágrimas y el espanto dibujado en su cara. Unos acordes tétricos actuaron de telón de fondo de las correrías, una música infernal, a tono con lo que estábamos viviendo. Me obligaron a hacer silencio. Me quedé callado y pegué la oreja a la puerta.

Uno de ellos debió tomar una de las bebidas de la pequeña barra junto al hogar. Mirá guacho, mirá, le decía uno al otro, y calculo que se empinaba la botella del whisky más caro. Qué hacés, no desperdicies eso, dame un trago, dijo su compañero. ¿Qué serían capaces de hacer si se emborrachaban? Tocá puta, seguí tocando, no dejes de tocar porque para vos también hay. Los acordes de la guitarra me parecieron infernales. Vas a ver cómo te sacamos buena. No paraban de reírse. Mi mujer lloraba con hipo, como una niña, pero no dejaba de tocar. No no, sueltenmé, les decía, y yo la emprendía a los gritos, sin saber si eso era mejor o peor para ambos. Ahora vas a seguir tocando pero con esto que tengo acá, gritó uno. Imaginé al tipo agarrándose la pija. Enseguida lo mandó al otro a revisar las piezas, y el muy imbécil salió gritando como si comandase un malón. En cuanto a vos turrita, insistía con mi mujer, más vale que me digas donde esconden la teca, pero decimeló cantando y ni te ocurra dejar de tocar eh. Mi ira llegó al tope, y por primera vez sentí que era capaz de matar a otra persona, a esos dos cobardes que jugaban con mi mujer vaya a saber a qué. Entre sollozos y desesperación ella les indicó dónde estaba el cofrecito que usábamos para guardar nuestros ahorros, regalo de un viaje de su madre a Francia. Escuché algo parecido a unas cachetadas y comencé a patear la puerta. Mi mujer gritaba, y sin embargo en ningún momento dejaba de tocar, como si ese fuera su chivo expiatorio. A mí ya no me importaba nada, estaba dispuesto a volar la puerta a golpes. Tranquilízate sorete que por cada ruido que hagás vos, la va a terminar pagando el bomboncito tuyo eh. La voz era temeraria, tenía un dejo de perversidad, una firmeza para nada improvisada, como si lo hicieran todos los días. Caí al suelo rendido, llorando arrodillado. Maldije los materiales con los que estaba construida la puerta. Una cosa es una puerta común y silvestre y otra cosa es esto, me había dicho el vendedor cuando estaba construyendo la casa. Lo puteé a él, a la puerta, al destino, a la mierda en la que estábamos metidos. Intuía que podía pasar lo peor y yo ahí, impotente. La música era un mismo acorde chirriando sin cesar, una danza macabra. Escuché una serie de golpes como si se dispusieran a destrozar la casa por completo. De nuevo los gritos de mi mujer, un poco más apagados, le habían puesto algo en la boca. Arremetí contra la puerta nuevamente, miré hacia todos lados creyendo que podría aparecer mágicamente algo así como una barreta o Dios sabe qué clase de milagro Me fue imposible romperla. De pronto no escuché más voces, ¿el tormento había llegado a su fin? Lo extraño era que la guitarra seguía sonando, pero el ritmo se hizo lento y menos intenso, hasta que finalmente el aire fue ocupado por un silencio atroz. Mi vida ¿estás bien?, grité. Nada. Insistí con todas mis fuerzas una y otra vez hasta quedarme ronco. Nada. Decidí hacer silencio y guiarme por lo que podía escuchar, y fue peor. Era como tener un zumbido ensordecedor en la cabeza. La mente se me quedó en blanco. Me recosté contra la puerta, esperando, vencido. Estúpidamente pensé en el cofre, en las explicaciones que debería darle a mi suegra, en las respuestas absurdas de semejante suposición. Quizás no quería pensar en nada más. No quería darle entidad a lo que imaginaba como escena final. Permanecí unos segundos con los ojos cerrados hasta que algo me sacó de mi estado de shock. Era el trinar del pájaro, el maldito pájaro de nuevo, a pesar de que nunca volvía por segunda vez. Cantaba distinto, como orgulloso y alegre. Y con ese gorjeo manso y encantador me fui quedando dormido.

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