Arte para no olvidar: “Mientras lo recuerde, mi hijo seguirá vivo”

Maxi Serra era grafitero y falleció a los 26 años tras un choque. Lía, su madre, contó cómo transformó el dolor en ayudar a otros. Hoy pega en toda la ciudad fotos de las obras de su hijo. Su historia, un mensaje de vida y esperanza.

31/07/2016
Arte para no olvidar: “Mientras lo recuerde, mi hijo seguirá vivo”
(Fotos: Lucho Gargiulo)
Gonzalo Gobbi

Autor: Gonzalo Gobbi

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Lía Rodríguez perdió a su hijo hace poco más de dos años. Un accidente en moto y una agonía de 26 días, uno por cada año de vida, le quitó en julio de 2014 todo el futuro a Maximiliano Nicolás Serra, entre otras cosas, padre de una nena, estudiante de la Escuela de Artes Visuales Martín Malharro y respetado graffitero que vive todavía en algunas paredes de Mar del Plata. Su madre no exige Justicia. Pero a través del arte, sin violencia y con un mensaje de vida que compartió con QUÉ, Lía lo recuerda porque “solo así va a seguir con vida”.

Las historias de víctimas del tránsito tienen al dolor y la impotencia como denominador común. “Hay una franja inmensa de chicos de entre 16 y 26 años que fallecieron en accidentes como el de mi hijo”, dice Lía en señal de alerta luego de atravesar un largo camino lleno de experiencias desde hace dos años por “el proceso más doloroso de un ser humano”, la muerte de un hijo. Pero la vida, advierte y afirma convencida, “no puede detenerse ahí, tiene que seguir, y todos los días tienen que ser buenos, aunque algunos no lo sean tanto”.

La pérdida le dio un giro a su vida. Hoy, con más de 45 años se recibió de martillera, cambió su filosofía, se acercó aún más a sus otros hijos. Sigue los pasos de Maxi por las calles llenas de graffitis y pega fotos de las obras de arte urbano de su hijo por toda la ciudad.

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El destino la llevó semanas atrás a pegar algunas de estas fotos en el Centro Cultural Osvaldo Soriano, de 25 Mayo y Catamarca, casualmente -sin saberlo- en el mismo momento en el que se estaba inaugurando la muestra de fotos “Víctimas”, de la Asociación de Familiares de Víctimas del Delito y el Tránsito de Mar del Plata.

Lía corrige y comienza a contar su historia: “No fue casualidad, es una causalidad, siempre lo es cuando se trata de mi hijo. Yo lo siento, él está. Ojalá le sirva a otra madre lo que cuento, porque a mí mucho de esto nunca me lo habían dicho. A alguien le va a servir, porque esto de las muertes de tránsito va a seguir pasando“.

“FUE UN ACCIDENTE”

La madrugada del 15 de junio, un Día del Padre de hace dos años, Maximiliano conducía su moto usando casco cuando cerca de las 5 en la esquina de 20 de Septiembre e Ituzaingo impactó contra un Volkswagen Gol gris con vidrios polarizados que manejaba un joven de su misma edad, 26 años.

Su madre lo había ido a visitar horas antes a su casa de Parque Camet. Le recomendó que no saliera pero “ya era grande y él andaba…”. “¿Por qué no te quedás?“, recuerda que le dijo. También se acuerda de que más tarde, sin saber por qué, “esa noche no podía dormir”, sentía “algo”, aunque no sabía qué era.

“No lo ví, no lo ví”, consta en la causa que declaró el conductor del auto, quien solo permaneció hasta el mediodía de ese domingo demorado en una comisaría y su auto quedó secuestrado. Se le practicó -aunque varias horas después- un test de alcoholemia y fue liberado.

Maximiliano fue trasladado al Hospital Interzonal General de Agudos rápidamente. El diagnóstico confirmó que el impacto le había provocado la quebradura de su pierna derecha y serias lesiones en el tórax, más precisamente una descompresión de los pulmones. Fue intervenido quirúrgicamente, le indujeron el coma farmacológico y después de 26 días, el 11 de julio, sin poder resistir más y con un cuadro -según los propios médicos- irreversible, finalmente falleció.

Llevaba puesto el casco. La ambulancia demoró solo 20 minutos. La esquina del accidente estaba correctamente iluminada. No hubo testigos. Ambos vehículos estaban en condiciones. El único agravante fue que el auto tenía los vidrios polarizados con el tono más oscuro del mercado. Esa noche no había neblina, aunque sí mucha humedad. Y de la negación a la bronca con él y con Dios, Lía acompañó a su hijo en el hospital cada uno de esos 26 días. “Fue un accidente”, asegura hoy y confirma que no inició acciones legales contra el conductor.

SONE

Desde finales de los ’60 se empezó a experimentar en todo el mundo el despertar de la libertad y de la irreverencia social, cultural e incluso política y económica. Los grafitis callejeros son las expresiones abstractas creativas y libres para expresar y divulgar mensajes de cambio y evolución mediante un atractivo visual de alto impacto como parte de un movimiento urbano de rebeldía.

Maxi pintaba graffitis desde los 12 años. Buscaba lucir su arte y que a la vez caminar por la calle tuviese color y algo diferente. “Hacía unos trabajos increíbles”, afirma su madre e invita a QUÉ a recorrer algunas de las paredes de su barrio que conservan la firma de “SONE”, el apodo artístico de su hijo.

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El arte urbano interrumpe un flujo ideológico de cemento, o al menos eso intenta. Busca quebrar la estructura de la ciudad sin romper nada.

“Pintaba con autorización. Se los pedían”, dice al señalar uno de ellos, en un puesto de diarios de la avenida Jara. “Es adrenalina pura, pero seguro los que eran sin autorización tenían una adrenalina mayor”, admite.

“Él pintaba y corría, yo pego sus fotos y corro. Quiero que lo recuerden. Siento que mientras lo recuerde él va a seguir con vida“, agrega.

Ella se acercó a los amigos grafiteros de su hijo. Conoció su obra en detalle. Descubrió bocetos “increíbles” entre sus cuadernos que no llegaron a las paredes. Se metió como pocas mujeres de su edad en ese mundo de latas de aerosol y rebelión, con sus códigos, rivalidades y envuelto en prejuicios. El arte que dejó su hijo construyó un puente que la hizo ser hoy “una persona totalmente diferente” a la de antes.

TRANSFORMAR EL DOLOR

Lía Rodríguez se acercó primero a Madres del Dolor y se unió al mensaje del grupo: todo el dolor que se padece es posible transformarlo en algo en más, “en algo positivo”.

“Yo quería plantar un árbol en la Canchita de los Bomberos en nombre de mi hijo, de todos en realidad, y de la necesidad de… no me gusta ir al cementerio, pero a veces la cabeza te pide ir y ver, tener un lugar, agarrarse de algo que exista para ir a llorar o a estar”.

Al descubrir la enorme cantidad de jóvenes que sufrieron en Mar del Plata y la zona una muerte similar a la de su hijo, encontró que “para plantar un árbol por cada chico habría que llenar plazas y plazas de toda la ciudad”. Un árbol, entonces, no alcanzaría.

Después de la muerte de Maxi, su madre no solo no volvió a pasar por el lugar del accidente, sino que siente una sensación extraña cada vez que se encuentra en el camino con una de las tantas estrellas amarillas: “Si paso por arriba me da cosa. Y siento, aunque me da bronca, que va a estar toda la calle amarilla. Yo no pinté estrella por mi hijo. El dolor está hagas lo que hagas y a mi hijo no me lo devuelve nadie”.

“Pero sí extraño el abrazo, el buen día, el renegar, el putear, extraño la risa, lo extraño. Pero en el fondo tengo tantas cosas de él que lo siento acá conmigo”, agregó.

LÍA RODRIGUEZ MAXI VÍCTIMA TRÁNSITO 04

 

“Yo lo siento. Algunos me dicen que estoy loca. Yo siento que él me manda señales de cómo no estallar en llanto. Evolucioné por dentro y creo que soy otra persona”, contó.

Hoy uno de sus brazos lleva un tatuaje, algo que ni siquiera hubiera considerado hacerse años atrás. “Respeto mucho el arte, la cultura, mi hijo me enseñó mucho“, aseguró y contó que desde donde puede, busca “ayudar a los demás como sea”.

SEGUIR ADELANTE

“Cuando perdés un hijo es como si tuvieras una enfermedad contagiosa. De repente todos se alejan. No saben con qué cara mirarte. Te hacen un vacío. Yo estuve de los dos lados y antes me pasaba lo mismo cuando otra mujer me decía que había perdido un hijo. Que se muera un abuelo, un perro, tus viejos… pero ¿un hijo? Cuando me pasó a mí me dí cuenta de lo que yo también hacía, que yo tampoco sabía con que cara mirar, porque ahora me lo hacían a mí”.

Pasaron más de dos años. Admite sentirse “culpable” de no estar inmersa en una depresión profunda y quedarse tirada sobre la cama. “Pero me quedo con la fecha de nacimiento. Voy a recordar cada cumpleaños, el Día del Niño, las navidades. Lloro, pero no me puedo quedar deprimida en la cama. Lo tengo que hacer por mis hijos, por los que me quedan”.

Mucho de su vida cambió. Lía escribe mensajes llenos de esperanza y vida en su cuenta de Facebook. Dice que sufrió lo que define como “una evolución intensiva” y que la muerte de su hijo generó algo dentro suyo “para provocar algo bueno en los demás, en mi familia y conmigo misma”.

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Aprendí a ser más tolerante, a escuchar, a interesarme por el otro. Me humanicé. Me tenía que golpear la vida. Tuve que salir a vivir la vida. Aprendí, duele y lloro, pero aprendí y sigo adelante. Lo recuerdo, lo extraño y sigo adelante por los demás. Ojalá alguien lea lo que cuento, porque a mí nadie me lo contó y esto de las muertes de tránsito lamentablemente va a seguir ocurriendo”, completó.

Lía siente que hace justicia combatiendo el olvido. Elige no reclamar justicia, sino “aprender del dolor” día a día. Mientras tanto, el arte urbano expresa evolución y algunas de las paredes más grises de Mar del Plata recuerdan a “SONE” para mantenerlo con vida y lleno de color y rebeldía.

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