El gringo

De vez en cuando el gringo y yo estudiábamos juntos. Vi…

05/08/2015
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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De vez en cuando el gringo y yo estudiábamos juntos. Vivía en una casita austera donde solía flotar un leve tufillo a patas. Al padre le importaba un corno si habíamos llegado bien, si teníamos deberes o tanta hambre como para devorarnos un mueble. Solo andaba por ahí, en un estado de somnolencia, y rascándose a la altura del huesito dulce. Cuando quería algo, le tiraba al gringo con un repasador. Pero no pronunciaba ni una sola palabra. El miedo hace que todo lenguaje, por corto o disparatado que pueda ser, alcance con rapidez su modo de ser comprendido.

Yo nunca le decía a mi amigo de no ir a su casa cuando me lo pedía. Él era muy bueno, pero contaba con la desgracia de tener un ogro como padre. De la madre difícilmente se tuvieran noticias. Nunca se sabía dónde andaba. Después lo supe del todo. Andaba con otro. De modo que jamás había olor a comida en la casa. Ya dije a qué había olor.

—Qué hacen ustedes dos —preguntó Don Hugo. Así debíamos llamar al jefe de la casa. Deduje que lo de gringo venía de otro lado. Si no mi amigo sería el gringuito o algo por el estilo. Yo qué sé; todo era muy raro. Incluso cuando el gringo lo llamaba papá, el hombre respondía con un: “más respeto pendejo, yo soy Hugo, y para vos Don Hugo, ¿tá? Fin de la discusión.

—Que qué están haciendo, dije —volvió a insistir Don Hugo amuchando los dedos y el rostro.

El gringo ni se movía ni atinaba a contestarle, como si todo le importase un pepino. Apenas si se le movieron las cejas como queriendo señalar los cuadernos. Tardaría en darme cuenta de que estaba paralizado.

—Siempre el mismo pelotudo vos —siguió diciendo Don Hugo, y sin aviso ni tiempo le dobló la cara de un chirlo. La cabeza del gringo volvió a su lugar muy despacio; imagino que la lentitud tenía como fin disminuir la violencia. Al levantar la mirada vino otro cachetazo de novela: ¡Plaf! Por suerte yo no la ligué. Igual no sentía miedo. Nunca he sentido miedo ante las situaciones extremas, nunca. Es muy raro pero es así. Solo me quedé pensando en la impunidad y la sinrazón de golpearlo de ese modo. No había hecho nada malo, ni violado ninguna regla, nada más estudiar en riguroso silencio.

Terminamos de tomar la leche y de hacer los deberes hablando bien por lo bajo. Don Hugo se había retirado hacia la pieza. El olor a patas también se esfumó.

Miré por la ventana y vi que el sol caía. Las cosas empezaron a ser devoradas por las sombras. Optamos por tiramos en un sillón a ver la tele. La hora de los dibujitos había quedado atrás. Había que mirar lo que hubiese. Las mieles de la tecnología eran todavía un futuro inimaginable. Los niños aún sabíamos aburrirnos por horas sin molestar a nadie. En la pantalla un tipo le mordía el cuello a la mujer pulposa mientras esta fingía luchar para deshacerse de sus brazos. Los gemidos se interrumpieron por los pasos arrastrados de Don Hugo. El gringo entró en una desesperación ridícula hasta intentar tapar el televisor con el cuerpo. El padre se sentó en el extremo del sillón y se quedó mirando al lado nuestro hasta el final de la escena. Luego empezó a asentir con la cabeza, y respiró profundo.

—Ajá, bien, muy bien —dijo. —Estás autorizado a ver este programa—. Estás, dijo. No usó el plural, yo no existía en aquel cuadro. Me preparé para otra de sus jugadas. De seguro volvería a golpearlo para acrecentar la fuerza de su cinismo.

—Esta novela —dijo—no tiene nada de malo.

Lo que puede haber de malo en una familia, o de supuestamente bueno, es algo que me pregunté en ese momento. No golpeó a su hijo, solo se levantó del sillón y se fue.

—Y sigan, sigan viendo sin miedo nomás —agregó Don Hugo.

Después desapareció en medio de la penumbra que ya casi oscurecía del todo los ambientes de la casa.

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