Quiero vale cuatro

—Quiero vale cuatro –dijo el Chino y elevó el mentón en…

27/07/2016
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

—Quiero vale cuatro –dijo el Chino y elevó el mentón en aire marcial.

Ellos se miraron de reojo. Cayeron en su propia trampa y habíamos llegado al tope del susto truquero. Con un quiero se terminaba la partida. Un no quiero habilitaba un par de manos más.

—¿Qué hacemos compañero? —le preguntó el Tano a Cristian—. Para mí que mienten y los comemos crudos. Me sobra con este ancho de basto —dijo y se frotó la carta por el pecho.

El perro toreó del otro de la puerta.

—Deben estar tocando timbre —dijo Cristian, el dueño de la casa—. Que se aguanten un toque así puedo ir a abrir con cara de ganador.

Nunca supimos cuándo fue que el mero hecho de juntarnos a jugar al truco por horas nos volvió jodidos, como si montáramos un personaje sacado de un bar cualquiera. Ni siquiera apostábamos. Pero sí aparecían charlas que los hombres evitan.

Hasta el primer partido de la última ronda todo transcurría normalmente. La ironía y la burla se abrían paso y se aceptaba de buena gana hacer de pinche por un rato, dejarse llevar por las cargadas y retrucar con chistes groseros. Cristian y el Tano siempre jugaban juntos. De modo que los alardes, lo subrepticio y el pasar mentiroso del truco se había aceitado con el tiempo en ambas duplas. Las jugadas se activaban con movimientos que excedían las señas propias del juego. El Chino ni se había mosqueado ante el anuncio del ancho. Levantó los hombros, hizo pucherito con la boca y se mojó la frente, gesto que adelanta el lugar donde irá a parar el ancho de espadas. ¿Mentía?

Lo vi crecer en la partida desde el minuto cero, con cierta jactancia masculina, afectando el estado de ánimo de Cristian, quien siempre decidía sobre su compañero, mucho más impulsivo por la sangre que le corría por las venas. El Chino en cambio, era una máquina de mentir. Todo el tiempo y con la misma cara. Incluso acostumbraba a dejar de pestañear cuando cantaba. Tuviese o no cartas, pegaba un grito corto con voz de führer. Luego medía la duda ajena. Si titubeaban avanzaba. Pero si advertía una chispa de entusiasmo en el inevitable brillo de los ojos de los rivales, se quedaba en el molde.

De modo que aquí estábamos con un vale cuatro en suspenso. Madre mía, quién lo había mandado a jugarla de guapo, pensé, siendo que yo tenía tres pollerudos. Pero me dejé llevar por su determinación, el resultado lapidario de su trabajo psicológico desde que trajo a cuento el nombre de la morocha que ahora Cristian quería presentarnos bajo la formalidad del noviazgo.

—Te digo que te vas a llevar un chasco. No es lo que pensás. Por algo la tomé como un toco y salgo —había dicho el Chino al principio del bueno, cuando la suerte nos daba la espalda. Yo vi que un tic tomó el ojo derecho de Cristian. Luego pasó uno de sus dedos por donde se amontonan las lagañas, arrugó la boca y se recostó en el respaldo de la silla.

—Creo que te equivocás, Chino —la tensión espesaba el aire, costaba respirar—. No todas las minitas son como las que te dan bola a vos. Además ella me aclaró que entre ustedes nunca pasó nada, y debe ser cierto porque lo único que sabés hacer bien es mentir.

—Cómo vamos —pregunté como quien manda a la pausa en un programa de televisión.

—Once a dos —ganaban ellos. Con algo de picardía y jugadas conservadoras, podrían mantener la distancia. Las cartas se nos negaban.

Más adelante, el Chino siguió metiendo la púa sin asco. Vi que con el pasar de las manos Cristian se removía inquieto, perdía confianza y donde podrían salir hechos, montaba la escena del cacareo, estaba en juego la vieja disputa de quien la tiene más grande. El tano y yo éramos meros observadores. A pesar de estar en contra mantuvimos miradas cómplices, entendíamos el magnetismo violento de esos cuerpos enfrentados a los que contenía el largo de la mesa.

Nos pusimos veintitrés a ocho, se cortaban sin remedio. De vuelta la lengua del Chino se puso en acción. Para entonces el tic de Cristian había desaparecido y lanzaba las cartas con relajada languidez, su cabeza se resolvía despreocupada en lo alto, como uno de esos fenómenos que la erosión produce en piedras gigantescas sostenidas finalmente por una superficie ínfima pero en perfecto equilibrio. La luz que entraba por el ventanal le perlaba el rostro y se veía como un ser inalcanzable, digno de la gloria de un prócer.

—Escuchame Cristian, no es que quiera insistir, pero la mentirosa es ella. Si no se quiere hacer cargo es porque somos amigos —el Chino era un presidente en cadena nacional—. Estás a tiempo, yo te aviso. Y acordate que por donde pasa el Chino no vuelve a crecer el pasto —yo me mordí el labio de abajo y me pregunté por qué tenía que mandarse con esa. El asunto iba a terminar mal, y encima ellos se pusieron a cuatro porotos del final. Estábamos fritos. Creí que la solución de mi compañero era cagarse a trompadas antes de terminar la partida. Pero en qué nos habíamos convertido, qué clase de amigos eran capaces de traspasar la joda ordinaria para calzarse de sombrero una estupidez pendenciera.

Fue cuando el perro se puso a ladrar del otro lado de la puerta y todos supimos que había visitas. Alguien tocaba el timbre. En el interior de mi cabeza resonó la campana de los asaltos de boxeo. A sus rincones, pensé, y respiré profundo. Pero la cosa venía de traste. Nadie se levantaría hasta no terminar el juego. Y menos el Tano y Cristian que pensaban juntos en el vale cuatro que el Chino había soltado sin que se le moviera un pelo. Se produjo un silencio que imaginé igual al momento en que se abrieron las aguas del mar rojo. Lo único que rompía la inmovilidad era la agitación maniática de los ojos.

—Sonó el timbre, Cris —dijo el Chino—. Debe ser tu amorcito. Si querés atiendo. Me encantaría ser el primero en enseñarle el camino —estábamos en la pieza que daba al fondo del zaguán.

—¿Quiero vale cuatro dijiste, Chino? –—la cara de Cristian lucía a punto de explotar.

—Ajá. Con un quiero, tenés la oportunidad de volver a llamarme mentiroso.

—Entonces quiero —dijo Cristian y movió la cabeza para que el Tano mostrara el ancho de basto. Después vi que el Chino metía la carta con suavidad en medio del maso.

—Andá a abrir la puerta nomás —ordenó mi compañero, y por primera vez le vi quebrar la cara de piedra con que solía jugar.

 

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