Las rejas del poder

Resumen de la semana | QUÉ, en la radio

29/09/2018
Las rejas del poder
(Fotos: QUÉ Digital)

Aferrado a dos hierros fríos, el hombre mira la ciudad a través del enrejado que recubre la vereda de su casa. Descubre injusticias y grita; escucha reclamos y piensa que son modas; quiere recuperar costumbres y la realidad lo ahoga. Piensa soluciones y al no encontrarlas prohíbe y se esconde.

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A través de los lentes salpicados por las gotas de lluvia, el hombre se entera de que en su casa la comida y el dinero ya no alcanzan. El diario le cuenta que ya no lo consideran pobre, pero antes de festejar descubre que en realidad ahora lo definen indigente. Por suerte afuera más de 31.000 pares están en la misma condición, pero el hombre cose los agujeros de sus medias y se vuelve a encerrar detrás del hormigón.

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Tiene los zapatos gastados, pero no le gustan los cortes de ruta. El hombre está atosigado y paga la refinaciación de la refinaciación del crédito para cubrir el préstamo con el que patea su propia deuda, pero se pelea por carta con el hombre rico del pueblo para ostentar poder. Tras la pelea se aferra a los barrotes por detrás, mira, piensa y pese a todo espera poder seguir viviendo tras las mismas rejas por algún tiempo más.

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El hombre de la reja vuelve a encontrar el afuera parado, con calles vacías y persianas bajas. ¿Será la crisis, el feriado o el paro general? Por momentos su perspectiva se bifurca, las realidades se le mezclan, el pasado se le cruza. No sabe si recordar o proyectar;  si ocuparse o sentarse a criticar. Le prometieron pobreza 0 pero hoy los números le dicen pobreza 158.000 y reafirman la tendencia; dicen que el hombre no leyó la letra chica donde aclaraba que después de las 12 la pobreza se convertiría en indigencia.

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El hombre alcanza a escuchar gritos del lado de afuera. Siente el ruido de las ollas, de un bombo y de una cacerola al mismo tiempo. No distingue y por si las dudas reafirma de qué lado de la reja quiere quedarse, sin saber si todavía lo quieren parado o de rodillas. Se caen los techos de las escuelas y se inundan los rincones, pero el hombre solo piensa en estirar las rejas más arriba.

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El hombre perdió toda tolerancia y se encierra. Aprieta los hierros y no alcanza a leer las estadísticas, ni lo que se necesita del otro lado. No tolera y prohíbe, buscando reducir a 0 las probabilidades de que algo salga mal, mientras afuera la tolerancia se perdió hace rato.

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Al hombre le pasan cartas a través de la reja pero no le llegan. Hay alerta pero de su lado del muro de hierro no llueve, no se siente, no se escucha. Se muestra perfecto desconocido, testigo de su ley, indiferente de lo retrocedido; y mientras el pueblo sufre y le reclama, el hombre más que nunca se preocupa por conservar la corona de rey.

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El hombre de la reja le grita al hombre rico y éste le contesta. Se hacen señas y se miden. Se cantan envido por una clausura, falta envido por un shopping, truco por un paseo en la costa y quiero vale cuatro por la corona. Se toman el tiempo para anotar los porotos mientras cientos de miles esperan con hambre del otro lado. Seguro, tarde o temprano, el hombre rico o el de la reja ganará la mano o terminará yéndose al mazo derrotado y con las manos corroídas por los hierros oxidados.

ALDREY

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