Pinos de Anchorena

Ella no

Vergüenza. Eso tenía, aunque innecesariamente, en su mirada. También algo de miedo, y estaba bien que lo tuviese. ¿Y cómo no? Si la respuesta podía cambiarle la vida definitivamente…

30/09/2014
Ella no

Vergüenza. Eso tenía, aunque innecesariamente, en su mirada. También algo de miedo, y estaba bien que lo tuviese. ¿Y cómo no? Si la respuesta podía cambiarle la vida definitivamente. De cualquiera manera, al menos por su expresión, no sabía cómo reaccionaría. De verdad no lo sabía. Pero eso es otra historia, primero lo primero.

Lunes. Cuatro de la tarde. Jornada ideal para caminar al aire libre y disfrutar del sol. Pero ella no. Y menos ese lunes.

Dio vueltas absurdamente por los pasillos de una farmacia. Más que absurda, inútilmente. Sabía lo que buscaba, aunque tardó en encontrarlo por temor a preguntar. ¿Preguntar ella? ¿Para que la acusaran con la mirada? ¿Para que la observaran como si estuviese a punto de comprar un arma? No, claro que ella no.

Pasó de largo los perfumes. Vitaminas, higiene bucal, protectores diarios. Pasó varias veces delante de los analgésicos y antigripales, una de las secciones más concurridas esa tarde en la farmacia. Miraba las cajas. Llenas de compradores con sus canastos cargados de productos de perfumería, limpieza y medicamentos. ¿Y si compraba alguna otra cosa para disimular? ¿Para disimular qué? No, compro lo que quiero y me voy. ¿Así nomás? No, ella no.

Después de pasar delante de cientos de potes de crema enjuague y shampoo, por segunda o tercera vez, se decidió. Ahora o nunca, pensó. Poca gente en la fila ¿Quiénes? Una mujer con su hijo pequeño que no dejó de tocar producto alguno, una señora mayor aturdida y otra para quien no había paseo mejor para un lunes a la tarde que la farmacia.

Ahora sí, voy, agarro, pago y me voy. Ya está. Juntó coraje. Naturalmente no tomó canasto alguno. No, si era solo eso lo que iba a comprar. Y fue hasta la góndola indicada, la que no perdió de vista jamás en su tour de aromas y blisters, y lo vio de frente. Ahora sí, frente a la verdad por primera vez. Podía tomarlo disimuladamente y caminar como si nada hasta la caja. Pero no, ella no. Lo agarró rápido a pagar.

Incluso se le adelantó en la fila a una señora. Ni lo no notó. Ni ella, ni la señora. Buenas tardes, dijo la cajera que prácticamente no miraba a los ojos. Su mirada apuntaba a los productos y al scanner infrarrojo que leía el código de barras.

Y ahí estaba, frente a frente con la realidad que inútilmente intentó postergar. Ella, su test de embarazo y la cajera. Ahora sí la empleada levantó la mirada. Si bien no es nada raro que este artículo pase por caja, esa vez miró. Le clavó la mirada a los ojos, y quienes estaban detrás en la fila lo notaron. Porque quien hace una fila mira a quien luego le cobrará.

Y ahí sí. No muchas, pero tres, cuatro o cinco miradas acusadoras (suficientes) se clavaron sobre ella, ahora con la vista al piso. Vergüenza. Más que nunca vergüenza. ¿En efectivo? No respondió. Sacó su tarjeta de débito y colocó encima del mostrador su cédula de identidad. Ya está, nombre, edad, dirección. Vergüenza completa. Se sintió desnuda frente al mostrador y el minuto que llevó la transacción le quedó impregnado en la piel, marcado como una cicatriz provocada por el fuego.

Firma, DNI y teléfono. Su mano tembló. Firmó, tomó el test de embarazo (costoso, por cierto) y encaró la puerta para terminar con la tortura. No alcanzó. No, para ella no. El ticket te olvidas, escuchó detrás. Ah, cierto, gracias. Dijo eso, solo eso. Y salió, con las miradas acusadoras de prejuicios en su espalda, los ojos en las baldosas y la bolsita que contenía la compra y la respuesta que cambiaría definitivamente su vida. Ella… ¿no?

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