Docente sobre ruedas: la bicicleta como “filosofía de vida”

Mauro tiene 44 años y vive hace 9 en el barrio Playa Los Lobos. Desde ese momento no sólo recorre en su bici diariamente los 25 km que lo separan de las escuelas, sino que además dio la vuelta al país sobre las dos ruedas.

11/09/2017
Docente sobre ruedas: la bicicleta como “filosofía de vida”
(Fotos: QUÉ Digital)
Sebastián Alí

Autor: Sebastián Alí

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Mauro Clausen y su bicicleta son uno. Desde que vive en Playa Los Lobos, recorre día a día en ella los casi 50 kilómetros que lo separan de las escuelas donde ejerce la docencia, sin importar el estado del clima, las tres horas que demora en hacer el trayecto o incluso sus propias ganas. Esta “filosofía de vida” con la cual dice transmitir energía a sus alumnos, lo llevó incluso a recorrer todo el país sobre ruedas, mientras sueña con llegar a Alaska. 

Mauro nació y se crió en las calles céntricas de Mar del Plata, aunque encontró su espacio en las rutas de Argentina y su oficio en la docencia. En sus primeros diez años de vida comenzó a crecer en él una pasión por el “cicloturismo” que lo llevaría a los lugares más recónditos del país y que espera que tenga su punto más alto, una vez jubilado, en los confines de Alaska.

A sus 44 años, hace nueve que vive solo en el barrio Los Lobos, al sur del partido por la Ruta 11, donde llegó para cambiar de aire y empezar otra etapa de su vida, sin más obligaciones que las 16 horas de trabajo en las escuelas: “Tengo una vida muy austera, me alcanza con muy poco”, confiesa. Desde allí parte con su bicicleta cada mañana (y también algunas madrugadas) rumbo a los colegios secundarios donde ejerce: llega, se cambia y da clases de Comunicación Social, una profesión derivada de sus experiencias previas como periodista, de su primer oficio, donde incluso fue un “aprendiz” del reconocido periodista local Jorge Alfieri, aunque los medios “no eran” lo suyo.

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De lunes a viernes, algunas veces con la luna a sus espaldas, otras con el sol acompañándolo. También con las nubes acechando e incluso contra las fuertes lluvias de la costa marplatense: el paisaje varía, pero él siempre está ahí, con su bicicleta, su campera reflectiva y el cajón con otra muda de ropa, elementos de trabajo y la bandera argentina. Lo hace “por entrenamiento, pasión y autoexigencia”, y aclara: “Después de hacer 25 kilómetros en bici, incluso me siento con más ganas de dar una clase, y transmitirle más energía a mis alumnos”.

Ante la mirada de sus estudiantes, Clausen asegura que “hay que lidiar con que los chicos no van con placer a la escuela, y eso se cambia mostrándoles que uno le pone energía a lo que hace. Sin falsa modestia, digo que me siento un ejemplo para la juventud. En estos tiempos difíciles, que vean que un profesor se viene desde 25 kilómetros en bici, me parece un buen ejemplo y lo voy a seguir haciendo”.

En esas tres horas de pedaleo, piensa en la clase, piensa en los problemas de las escuelas, las faltas de disciplina: “Canalizo el enojo por haber retado a algún chico, cosas que no me gustan, el estrés propio de cualquier trabajo. La bici no la cambio por nada, me transmite paz con ese silencio que vos sólo podés tener andando en bicicleta. Es impagable”, comenta.

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 CON LA BICI, MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS MARPLATENSES 

Sin embargo, su vida sobre la bici no se limita a los casi 150 kilómetros que recorre semana a semana: “De chico siempre decía que cuando fuera grande iba a hacer un viaje largo en bici. De adolescente empecé con trayectos cortos a Santa Clara, a Mar Chiquita. Después me largué a hacer cosas más grandes y empecé con un viaje a La Pampa en el invierno de 2010 y desde ahí no paré”, detalla.

Y no sólo no paró de pedalear por las rutas argentinas, sino que, a medida que fueron sucediéndose los eneros libres de docencia, cada vez fue subiendo aún más la exigencia de cada viaje: llegó a Bariloche en 2011 y 2015, a La Quiaca en 2012 y también a San Luis el año pasado. Sin embargo, el gran viaje cicloturístico lo realizó entre 2013 y 2014, una travesía de 15 meses que, en un año sabático, lo llevó a dar una vuelta por todo el territorio nacional.

“En 2013 hice una aventura que llamé ‘Abrazo Federal Argentina 2013’, y recorrí en total 12 mil kilómetros de Mar del Plata a Ushuaia, de Ushuaia a la Quiaca y de la Quiaca Mar del Plata”, explica. Allí, su primera parada fue Ushuaia, donde una ciclista que conoció lo hospedó por un mes. Desde allí partió hacia el norte, rumbo a la Quiaca, por la Ruta 3, la emblemática 40, atravesando toda la Patagonia y Cuyo. Ya rumbo a Mar del Plata, los puntos clave de su vuelta fueron los pasos por Salta, Chaco y Santa Fe, hasta llegar nuevamente al Monumento a San Martín. “Todo esto es muy de mochilero, de bohemio”, comenta entre risas.

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Con tanto tiempo en la ruta, en el medio de la nada, solo y sin conocer a nadie en cada una de las ciudades que atravesó, además de un sinfín de fotos y videos, Mauro acumuló miles de experiencias: “Desde conocer a otros viajeros como yo, a haberme quedado a dormir en el calabozo de una comisaría de un pueblo. He tenido problemas, como romper el eje de la bici o pinchar en medio de la nada, o descomponerme en la Patagonia y estar un día durmiendo al costado de la ruta hasta que pude levantarme”, detalla.

Más allá del 2013 sabático, por el tiempo que le demandan las grandes distancias que aprovecha a recorrer en verano y ante su obligación de volver a dar clases en febrero, se ve forzado a volver de sus destinos en micro o “a dedo”. Esa limitación del tiempo y su responsabilidad como docente es lo que le impidió hasta el momento realizar el gran viaje con el que sueña.

“Cuando tenga la edad suficiente para jubilarme voy a cumplir mi sueño de unir Ushuaia con Alaska, recorrer todo el continente en bicicleta”, confiesa. Sin embargo, ese tiempo que lo limita y del cual se librará una vez jubilado es el mismo al que le teme: “Espero que a los 60 siga teniendo la misma energía, me da miedo perderla. Aunque me dio mucha esperanza haber conocido a un cicloaventurero alemán de 72 años que estaba recorriendo el mundo en bici”, explica.

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 LA PREPARACIÓN PARA VIAJES TAN EXIGENTES 

En cuanto a la preparación y el desarrollo de cada uno de sus viajes, Mauro explica: “Hay que dormir siempre bien. Por lo general pongo la carpa al lado de una comisaría o una estación de servicio, pero si se complica por el clima o por el cansancio, voy a un hotel, duermo bien, me levanto temprano y salgo rumbo a la otra ciudad”.

Además, también menciona que a veces puede pasar un día entero casi sin comer, o tomando agua con azúcar para no perder la fuerza hasta llegar a otra ciudad. Es que, al momento de salir de Mar del Plata con su bici, sólo lleva algo de ropa, la carpa, su cámara y herramientas para reparar la bici. Se va abasteciendo a lo largo de los pueblos, pero aclara: “Si hace falta parar en un hotel con aire, lo pago. También trato de darme gustos, que no sea un sufrimiento”.

Aunque alguna vez lo tentaron, nunca se le dio por practicar el ciclismo a nivel deportivo: “Competir no me gusta, prefiero esto, el ‘cicloturismo’ o ‘cicloaventura’, salir sin tiempo, libre. A veces no tengo ganas de salir, por el frío, por la lluvia, pero mentalmente te lo proponés y salís. El deporte implica ir muchas veces en contra de la propia voluntad. Sería más fácil comprarme un auto o ir en micro, pero esto es el deporte: exigirse y aunque cueste más, buscar siempre una nueva meta”, agrega.

“La bicicleta es una forma de oposición a la sociedad de consumo moderna que te ofrece la comodidad, los autos, el ‘no muevas un dedo’. Es volver a lo esencial del ser humano, a la capacidad de supervivencia, de improvisación, al contacto con uno mismo y con el entorno. Ojo, no me siento el Che Guevara en bicicleta”, bromea y agrega: “No voy a cambiar el mundo por la bicicleta, pero sí puedo dar un ejemplo a mis alumnos. Es una filosofía de vida”.

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