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01/03/2015

Ludopatía: una adicción en la que se pierde todo

El perfil de las personas que la padecen es de hombres y mujeres por igual, en su mayoría con trabajo y de entre 30 y 50 años. Jugadores compulsivos llegan a suicidarse. En Mar del Plata funciona un Centro de Asistencia al Ludópata.

Ludopatía: una adicción en la que se pierde todo
(Foto: Lucho Gargiulo)

Liliana tiene 54 años y quiso matarse por el juego, por sus deudas, por la vergüenza, por la adicción a jugar y apostar. Literalmente intentó matarse y estuvo internada en el Hospital Interzonal. Los jugadores compulsivos en ese afán de ganarlo todo, lo apuestan todo, hasta lo que no tienen y así lo pierden. Los jugadores compulsivos  pierden dinero, pierden confianza, pierden a la familia y pueden perder la vida.

La ludopatía es la adicción al juego, es la necesidad de jugar compulsivamente. En la ciudad el juego está al alcance de cualquiera y a cualquier hora: hay casinos, bingos, tragamonedas, agencias hípicas, quinielas. Basta con caminar unas pocas cuadras por el centro para encontrar una sala de juego abierta.

En Mar del Plata funciona el Centro de Asistencia al Ludópata, en 3 de Febrero 2405. Es un lugar de atención gratuito que funciona por un acuerdo entre el Gobierno de la provincia de Buenos Aires y el Instituto de Loterías y Casinos de la provincia.

Liliana empezó a jugar joven, a los 20 o 21 años, no recuerda con precisión. En esa época no había tantas salas de juego, no había bingos y el lugar para el jugador era el Casino.  Liliana empezó su vida de jugadora en el paño verde de apuestas de la ruleta, los números girando y el croupier gritando “no va más”.

El perfil del jugador varía, pero la mayoría son personas con recursos, con trabajo y son hombres y mujeres por igual, siendo el rango de edad más fuerte entre los 30 y 50 años”, explica la coordinadora del Centro de Asistencia al Ludópata, la trabajadora social Julieta Vacas. La licenciada, además asegura que “el juego predominante es el tragamonedas”.

“Lo que pasa –confiesa Liliana- es que uno aprende a mentir, es tanta la compulsión y la necesidad de jugar que uno hace una doble vida. Te volvés la mejor artista del mundo para ocultarle a tu familia”

“El ludópata se mete en una sala de juego y está horas. Funciona como una burbuja en donde no pasa nada y evaden sus problemas. El juego cumple la función de evadir, cuando nunca es la solución a los problemas”, explica la licenciada y agrega que el jugador compulsivo “tiene esa ilusión de querer salvarse, de querer ganarle a la máquina, esos pensamientos mágicos que aparecen tienen que ver con el juego compulsivo”.

“El jugador compulsivo, como es ansioso, quiere todo ya, al momento. Ganás todo rápido y perdés todo más rápido. Yo he entrado y salido del bingo o casino tres o cuatro veces en el mismo día. He sacado créditos también”, cuenta Liliana de cómo eran sus días como jugadora.

Para la coordinadora del Centro de Asistencia al Ludópata de Mar del Plata “todo funciona para que la persona esté en una sala jugando. El juego tiene que estar más regulado y es el Estado quien tiene que hacerlo”.

JUGAR PARA VIVIR Y VIVIR PARA JUGAR

La licenciada Vacas explica que la diferencia entre un jugador social y un ludópata es cuando el juego empieza a afectar en todas las áreas de la vida y se vuelve adicción. “Para el ludópata el juego es el centro por dónde gira todo. Se quiebra la confianza, afecta los vínculos y aparecen los hurtos, las mentiras, los endeudamientos”, agrega.

“Siempre perdí –cuenta Liliana- todo el tiempo perdí. Las primeras veces gané bien, bastante y seguí yendo y empecé a perder lo que había ganado y más. Vendí las cosas de oro que tenía, todos mis recuerdos fueron a parar a los lugares de empeño. Después cuando me quedé sin cosas de oro empecé a sacar dinero de los ahorros míos, de los de mi mamá y de los de mi marido”.

La demanda de atención en el Centro es permanente. Los pacientes llegan de manera espontánea y en algunos casos derivados de alguna institución o psicólogo particular. “En el Centro le ofrecemos a la persona la autoexclusión, que depende de Lotería, es un pedido para que no lo dejen entrar en las salas de juego de la provincia de Buenos Aires, es un freno que dura dos años”, explica la licenciada.

 “Yo no quería curarme,  quería morirme –se sincera Liliana-. Yo tenía a mis hijas y no me importaba nada, estaba tan metida en el juego que quería morirme. Estuve internada en el Interzonal. Hice tratamientos, pero ninguno me dio resultado, hasta que mi cabeza me hizo click y me di cuenta que la única solución era no jugar más”.

Julieta Vacas dice que hay desinformación al respecto de la ludopatía, “nadie lo ve tan grave y es una adicción que puede terminar en la muerte por suicidio”. Para la licenciada es una adicción tan grave como la adicción a las drogas o alcohol.

LA NECESIDAD DE TRATAMIENTO

Si bien la licenciada explica que la autoexclusión “ayuda”, asegura que el jugador compulsivo tiene que hacer tratamiento. El tratamiento que ofrecen en el Centro es individual y grupal. Le realizan una entrevista de admisión, a la que la persona viene con un familiar o alguien cercano, y ahí un grupo de profesionales lo conoce, lo evalúa y analiza si concuerda con juego compulsivo.

“Uno no se da cuenta, es tanta la necesidad de jugar que no querés que nadie se entere. Los demás se dan cuenta, porque les falta dinero, cosas y se descubre la historia oculta. Los demás te hacen dar cuenta que necesitás ayuda”, dice Liliana en su experiencia de todos sus años como jugadora compulsiva.

Empiezan tratamiento individual y después grupal. El tratamiento tiene una duración larga, depende de cada persona, pasan de etapa hasta llegar al alta. “En el medio puede haber caídas y retroceder, pero intentamos que el tratamiento dure más o menos tres años“, explica la coordinadora del Centro.

“Una vez tuve un click en la cabeza y estuve 17 años sin jugar, hasta que empezó otra vez la historia. Tuve varias recaídas”, reconoce Liliana.

La licenciada Vacas insiste con que  “la ludopatía es una adicción, es algo que los pacientes van a tratar toda la vida. En adicción no se habla de cura, se habla de recuperación” y agrega: “Creemos que hay una recuperación posible. El paciente tiene que entender por qué llegó al juego y a esta adicción y se tiene que ir del tratamiento con herramientas y recursos para poder manejarlo. Es un camino difícil, pero se puede”.

“Mi familia –dice Liliana- fue un gran apoyo, ellos se dieron cuenta que había vuelto a jugar y que necesitaba ayuda. Hasta que no me sacaron de las pestañas yo seguía jugando. Después estuvo en mí la mejor predisposición para salir. Se puede, cuesta, pero se puede”.

Liliana tiene 54 años, permanece casada, tiene cuatro hijos y tres nietos. Hace poco terminó el tratamiento en el Centro de Asistencia al Ludópata y dice que se siente “espectacular”. Tiene un negocio y la plata que consigue, en vez de “quemarla” en el casino o bingo la ahorra y la invierte para seguir adelante.

“Hace dos años que estoy disfrutando de la vida”, cuenta Liliana.

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