El supermercado

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28/08/2017
 

― ¿Mucha gente?

―Sí, de terror, me quería matar.

―Me imagino, mi vida. Al final, esto de las ofertas de los súper es un quilombo. Pero supongo que no como otras veces porque siempre caías puteando como loco.

Era cierto. Odio, como se odian las horas muertas de las citas inconclusas, perder el tiempo, aburrirme hasta el borde del suicidio dentro de un supermercado. Prefiero comer tierra por un mes a tener que sentir el cosquilleo de la ira en medio de una fila interminable. Encima, de repente, empiezan a adelantarse embarazadas, ciegos, tullidos, como si fuera una conspiración para cagarte el día. Eso pensaba cuando me acordé del insecticida. La voracidad nocturna de los mosquitos nos volvería locos de nuevo. Así que pedí permiso y corrí a buscarlo como un poseso.

― ¿Y las cosas?

― ¿Qué cosas?

― ¿Lo que compraste?

―Este… ―dudé, no sabía qué decir. No había bajado una sola bolsa del auto.

―Qué cabecita, eh.

―Uy, tenés razón Bichi, ahora mismo las traigo. Es que ando pensando una cosa del trabajo.

―Si estás de vacaciones.

―Es cierto, pero nunca paro. Ya sabés cómo soy.

―No es que sepa, más bien sabía cómo eras. Que estés acá sin putear y encima te hayas olvidado todo en el auto, es raro.  Y encima me llamaste Bichi. Hace muchísimo tiempo que no me decís así.

― ¿Eh?

―Me dijiste Bichi, como cuando recién empezamos a salir.

―Ah… ¿te parece romántico?

― ¿Romántico? Hello, año 2017, planeta Tierra.

Casi toda la vida me he chocado las cosas. Y no sé si está bien o mal, solo ocurre de ese modo. Quiero decir que el “destino”, como llaman al curriculum de la vida personal, viene hacia mí, no hago esfuerzos por cumplir un plan. Unos me envidian. Otros detestan que vaya por la vida como una bola sin manija. Yo quiero creer que hay necesidades que se organizan inesperadamente, sin método ni receta. Y entonces…plin. Ahí está de nuevo ella, con su carrito de las compras en el mismo supermercado. Hasta puedo adivinar que no ha olvidado el Leberwurst, y que tiene la cabeza en cualquier parte porque no acostumbra a hacer un listado, sino que va agarrando productos al paso, espontáneamente, como la forma que define mi vida. Y quizás un día todo se haya echado a perder por eso, por terminar pareciéndonos. O solo habrá sido porque la historia tiene que volver a repetirse, y todos tenemos que saborear victorias y derrotas. Quién sabe. Ella me miró como si hubieran pasado ciento cincuenta años sin vernos. Y eso pareció, había un abismo entre ambos. La vida es rápida hacia adelante. Me vi en sus ojos, como dicen en esas novelas de cuarta que dan por canal 9. Pero, porqué yo motivo podía vermetodavía en lo profundo de sus ojos negros. Me dijo hola, qué haces acá, y yo me quedé de una pieza, y me dispuse a mentir, a decir que no estaba casado ni tenía hijos, que andaba aprovechando la oferta y bla bla. Una sarta de estupideces que suponían a un tipo canchero, de aire despreocupado. Y supe que era capaz de dejarlo todo por ella. Vaya estupidez. Al mismo tiempo pensé en mi mujer y en las veces que habrá mirado con cara de gata a algún compañero de trabajo, coqueteado con él… Solo me exculpaba con la imaginación, para seguir con el disparate de robarle la mujer a un desconocido, a su marido actual, al tipo con el que se iba a la cama todas las noches.

―Dejá. Igual nos arreglamos con lo que tenemos. Ya estamos pasados de la hora de la comida. Hago algo rapidito y después bajás todo.

―No, no. Voy ahora y listo.

―Qué te pasa. Te estoy diciendo que no hay problema.

―Es que compré un… ―Era un idiota a punto de mentirle sobre un queso que había comprado para picar antes de comer.

― ¿Que compraste un qué? Pero dejá te digo ―me pasó la mano por la cara―. Estás medio colorado.

―Creo que hay algo de lo que comimos anoche que me cayó mal.

―No, no, es otra cosa.

―Sí, en realidad quería decirte que ―dije la primera tontería que se me ocurrió―, tengo pensado que nos casemos por segundas nupcias para confirmar nuestra relación.

― ¿Qué decis? Ah, bueno, pero de verdad que estás mal eh.Te recuerdo que nos casamos porque yo estaba embarazada.

―Voy a buscar las cosas. Vuelvo enseguida.

¿Qué es de tu vida?, me preguntó. Y yo largué mi fardo mitómano. ¿Y de la tuya?, le pregunté. La vi dudar, quise creer que copiaría mi acto de locura y saldríamos de ahí tomados de la mano, como si nada, para retomar nuestra historia desde donde la habíamos dejado. Aquel punto absurdo que es lo opuesto al amor. Creo que el recuerdo nos atravesó como un viento helado y el momento se transformó en un hechizo inverso. Yo volví a ser un sapo y ella una bruja. Escuchame…, dije. La incomodidad subió de tono, el conejo asomó las orejas por el hueco de la galera. No, nada, que me alegra verte bien. No dije hermosa, ni la miré con lascivia. De pronto cayó el pesado telón negro que había cerrado los caminos mucho tiempo atrás. Y sentí que el alma me volvía al cuerpo, que mi mujer y mis hijos llenaban de nuevo los espacios, y aparecían ahí, pedían upa a su madre, se arremolinaban entre mis piernas, me recordaban el insecticida, la vida tal cual era, la ya retrasada vuelta a casa. Bueno, nos vemos, le dije, y mientras me perdía entre las góndolas sentí el fuego de su mirada en la nuca. Luego se debe haber quedado haciendo tiempo para no volver a cruzarse conmigo en la zona de las cajas.

―Bueno, acá está todo ―dije, y repetí con fuerza―, que acá está todo, mi amor. Ella había prendido la radio en la cocina. El olor de la carne asada me despertó el apetito. Iría y la abrazaría por detrás, para que jugara a decir que no la molestase mientras cocinaba. Cuando entré a la cocina vi que el hilo de sus bragas ―yo uso esa palabra para la ropa interior femenina, porque todas las demás me parecen horribles, ciertamente desgraciadas―, asomando por encima de la calza. Se había cambiado en el interín en que yo había ido a buscar la mercadería al auto. Además, el detalle no era un descuido propio de su excesiva prolijidad. Me calentaba verla así, disimulando la provocación.

―Y al final no me contaste porqué te habías demorado tanto en el súper ―dijo. Y yo creí que debía confesarme, al menos en la parte más racional del asunto. Yo había entrado al supermercado y me había cruzado con mi ex. Punto. No más detalles. Para que su infalible olfato descansara de tanta sospecha adivinada―. ¿Vos me ves más gorda? ―dijo mientras se corría el bucle que suele taparle la mitad de la cara―. ¿Todavía te gusto?

―No hay nada que me guste más en el mundo.

―Pero seguro que habrá otras mujeres más lindas que yo, que te calienten más.

―Estás loca, qué decis ―quería tomarla ahí mismo, sobre la mesada, pero algo me lo impedía.

―No sé, digo por decir. Además, los años pasan, y esto ―se cacheteó la nalga derecha―, bueno, ya sabemos, no dura para siempre.

―Sabés qué…, hoy me crucé con Eugenia.

―Ah, ¿sí? Y cómo la viste.

―Y, es como vos decís, hay gente a la que los años les pegan medio mal.

― ¿Y es su caso?

―No. Pero debe ser el mío porque me dijo que me veía como un tipo grande. Podés creer.

―Mirá qué cosa ¿no? Pero… ella se veía bien.

―La verdad, ni idea. Porque justo se desocupó la caja y era mi turno. Ella estaba más allá, muuucho más allá.

―Ah, ok. Bueno, ¿no ponés la mesa?

―Sí mi amor, ya mismo. Ah, traje el Raid de mierda ese que siempre me encargás y nunca me acuerdo de traer.

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