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22/12/2015

Vivir en la pobreza: quince nenes, cinco adultos y dos casillas

Un grupo de vecinos buscó ayuda para mejorar la situación de tres familias de la ciudad, que viven en la precariedad. Duermen todos juntos en colchones sobre el piso de tierra. Historias de la Mar del Plata no positiva.

Vivir en la pobreza: quince nenes, cinco adultos y dos casillas
(Fotos: Lucho Gargiulo)

* La nota original fue publicada el 05/06/2015

Los Naranjos al 2900, a unas cuadras de Parque Camet. Un mediodía cualquiera con sol y frío. Unos chicos comen un guiso en una mesa ubicada afuera, entre dos casillas con muchas deficiencias: una de material y otra de madera. El guiso lo hicieron sus madres con lo que juntaron en la calle, en su habitual recorrida con el carro tirado por un potrillo.

Son tres familias: tres madres, dos padres y quince nenes que van desde 1 año hasta 9. Viven en dos casillas: no tienen luz, solo una lamparita que conectaron a un cable de la calle; no tienen gas, cocinan en una parrilla sobre un tacho en el que prenden el fuego; no tienen piso ni camas, duermen sobre colchones que tiran en el piso de tierra.

Viven y duermen todos apretados, con frío, con colchones que tienen que poner bien al centro de la casilla cuando llueve porque en los costados entra agua: el techo está quemado y tiene agujeros, igual que las paredes.

Nadie sabe cuánta pobreza afecta hoy al país. Algunos hasta dicen que no importa cuántos, y quizás tengan razón: solo sentir cómo viven tres familias en la Mar del Plata no positiva sirve para entender que las necesidades son urgentes y que el Estado no está dispuesto a garantizar una calidad de vida digna.

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Alejandra tiene cinco hijos de 2, 4, 6, 7 y 9 años. Hace nueve años que vive con el padre de sus hijos y hace dos que están juntos en esa casilla. Hace dos años que viven en un lugar desesperante.

Mientras el más chico de los hijos de Alejandra come un plato de guiso, otro abre un paquete de jugo Tang que encontró su mamá en la calle y chupa el polvo que tiró sobre su mano.

Todas las mañanas, Alejandra sale a las 8 con Soledad, la otra de las madres que vive allí, en su carro a buscar alimentos para subsistir. Dice que la gente les da, que se encuentra, que ya muchos los conocen. Pero no alcanza. Alejandra cuenta que cobra la Asignación Universal por Hijo, que recibe $2 mil mensuales, que eso lo usa para comprar los alimentos que no consigue con el carro y que les duran “casi un mes”.

Alejandra “vive” en la casilla de material, la del techo que quedó quemado luego de un incendio que tuvo lugar en diciembre. Ahí, cuando llueve tiene que poner los colchones bien al medio porque en los bordes entra agua. En una esquina hay una cocina que no anda, y un mueble con tres cajones que sirve para apoyar la comida que consiguen.

Casi en la puerta tiene colgado un foco: es la única iluminación que hay. Para ir al baño, los cinco adultos y los quince nenes tienen una pequeña construcción en el fondo del terreno en la que hay un pozo, un inodoro “para estar más cómodos”, y una manguera por la que sale agua. La estructura está muy débil y no saben cuánto más aguantará.

La pareja de Alejandra está en busca de trabajo. Hasta hace unas semanas trabajó para una empresa constructora como maquinista. Los responsables le dijeron que iban a ponerlo en blanco, pero con el nombre de otra persona. Su paga iba a ser quincenal y en el mes lograría $3 mil. Nunca le abonaron a lo largo de un mes y decidió no volver a ir.

***

Soledad está embarazada de cuatro meses y tiene seis hijos, de 1,3, 5, 6, 7 y 9 años, también está con su pareja y llegaron ahí porque no tenían otro lugar donde ir. Armaron su casilla con la madera que consiguieron en el carro.

Soledad cuenta que cocinan sobre una parrilla que apoyan en un tacho con fuego porque, claro, no tienen gas y porque la garrafa sale demasiado. En el barrio el programa del gobierno no existe: la venden entre $110 y $120.

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La joven dice que pese a que varias veces pidieron ayuda, nunca la recibieron. Dice que les dan una bolsita de mercadería y un poco de ropa y nada más. “Vienen, traen algunas cosas y nos piden que los chicos no falten a la escuela”, sostiene.

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Flavia tiene 24 años y cuatro hijas, de 2, 5, 6 y 8 años. Llegó a Mar del Plata desde Buenos Aires hace tres meses:se cansó de que su pareja le pegara y la maltratara. Dice que no aguantó más que sus cuatro hijas vieran cómo le gritaban y la empujaban. Ni bien arribó se fue a vivir a lo de su mamá, que le pagó los pasajes. Sin embargo, a los pocos días la echó de su casa, según cuenta. Entonces fue a lo de su amiga Alejandra.

El relato de su vida es intenso: a los ocho años empezó a trabajar vendiendo tarjetitas en la calle y a los doce años se fue de la casa. Le dio a elegir a la mamá entre su pareja o ella. La madre eligió a su pareja, que según cuenta, la manoseaba e intentaba abusar de ella y de su hermana. Esa hermana, dice, tuvo dos hijos con la pareja de su mamá. “Nunca nos dejó hacer la denuncia”, se lamenta.

Flavia no mira atrás. Dice que su vida cambió cuando nació su primera hija y a partir de allí todo fue diferente. Hoy tiene cuatro hijas, de tres padres diferentes. “La mayor tiene retraso mental, eso me dijeron en el Garrahan, aunque después en otro lado me dijeron que era retraso madurativo”, relata y suma que sufre de epilepsia, que llegó a tener hasta 30 convulsiones por día hasta que le encontraron la medicación.

Por eso, los tratamientos que necesita su nena son costosos y Flavia encuentra trabas para poder acceder a ellos sin problemas. “Desde Desarrollo Social me dijeron que vaya a la obra social, porque ella tiene Osecac. Pero de ahí me dijeron que tiene que firmar el titular, que es mi expareja”, dice. Hoy la nena cuenta con la medicación, pero la joven advierte que no sabe si le será fácil conseguirla cuando se le termine.

Flavia dice querer dejar todo lo pasado atrás y empezar de nuevo. Ahora trabaja dos veces por semana en la casa de su cuñado y cobra $200 el día. Mientras tanto, busca un empleo mejor y la posibilidad de juntar unos pesos para poder irse de lo de Alejandra.

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