Vecinos sin Genocidas: resistir y organizarse para no olvidar

Muchos no se conocían, pero la presencia de Etchecolatz los unió. Quiénes son, qué historias comparten y qué los motivó a organizarse para “echar” al represor del Bosque Peralta Ramos, en el marco del 42º aniversario del comienzo del último golpe cívico militar.

24/03/2018
Vecinos sin Genocidas: resistir y organizarse para no olvidar
Los vecinos y vecinas, frente a la casa del represor en el Bosque (Fotos: QUÉ Digital)
Sebastián Alí

Autor: Sebastián Alí

redaccion@quedigital.com.ar @aliseba4

La organización popular para cambiar la realidad, contra las injusticias y porque la convicción de que algo mejor es posible. Aquellas mismas motivaciones que perseguían las 30 mil personas desaparecidas en la última dictadura cívico militar, fueron las que impulsaron a un grupo de vecinos a manifestarse en contra de la presencia de un genocida ícono de ese período como es Miguel Etchecolatz, en el Bosque Peralta Ramos. Una presencia que fue sinónimo de olvido y de impunidad hasta que un grupo de desconocidos agrupados en “Vecinxs sin Genocidas”, levantando las banderas de la Memoria, la Verdad y la Justicia, lograron devolverlo a una cárcel común, de donde nunca debió haber salido.

Muchos de ellos no se conocían entre sí, y quizás pensaban que ese desconocimiento mutuo era lo único que tenían en común, además de vivir en el mismo característico barrio del sur de la ciudad. Sin embargo y pese a que muchos tenían poca o nula experiencia en militancia, algo logró unirlos. Más allá sus motivaciones particulares, el rechazo a vivir al lado de un genocida gestó una organización, y a través de ella generaron movilizaciones, festivales; lograron visibilidad, el apoyo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la atención de la Justicia y de los medios y por último, la tan ansiada revocación de la prisión domiciliaria para el exjefe de investigaciones de la Policía Bonaerense, condenado a seis cadenas perpetuas por delitos de lesa humanidad.

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Pero es necesario saber quiénes son, qué historias hay detrás de cada uno de ellos, los protagonistas inesperados de esta lucha. Historias que se entrecruzan, otras que no tanto pero que al fin y al cabo desembocan en la conciencia colectiva sobre lo que significa el haber logrado devolver a Etchecolatz a una cárcel común, en vísperas a un nuevo aniversario del 24 de marzo de 1976, que será especial y que los encontrará marchando en la primera columna, junto a Madres y Abuelas, por pedido expreso de sus referentes.

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“No tengo una historia personal relacionada con la última dictadura, pero sí una ideología de vida y me atraviesa por todos lados. Trabajo en la comisión de educación del Faro (de la Memoria), con eso te digo todo. Creo que la vida sin derechos no existe. Entonces con estos casos nos sacan el derecho a la justicia, el derecho a la identidad, porque se llevaron a los hijos, a los nietos. Nos falta el derecho a la libertad porque nos plantaron un genocida y no somos libres de poder ser quienes somos. No tengo familiares pero sí amigos que han sufrido pérdidas y son quienes me motivaron desde los 17 años a participar en marchas, con Abuelas, a trabajar en villas”.

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De boca en boca, a través de grupos de Whatsapp, de amigos o familia. El 29 de diciembre ya todo el barrio sabía que Etchecolatz había sido trasladado a su casa en Guaraníes y Boulevard Nuevo Bosque y los vecinos tenían claro que algo había que hacer. “Vivimos acá y hay que ponerle pilas al lugar donde uno vive”, dicen entre otros, en una charla con QUÉ Digital, charla en la que además, aprovechan para conocerse un poco más entre sí, porque la espontaneidad y la necesidad de accionar no se los había permitido. “Yo no sé quizás qué hace ella o él, y está buenísimo igual, porque todo esto surgió en el momento. La organización es cómo sangra la herida. El objetivo común estaba claro, pero el cómo y cuándo, no”, comentan después de haber dado el primer gran paso, la organización.

En este caso, destacan que la espontaneidad lejos estuvo de ser producto de ideas superficiales, aunque el objetivo se fue clarificando con el correr de las manifestaciones. “Un genocida afuera de la cárcel tiene un impacto que nadie evaluó y sin querer se lo hicimos ver a la justicia”, comenta Julia, una de las vecinas.

ANA (42)

“Mis viejos son chilenos. Nací en Argentina gracias a Pinochet. Mi papá estuvo detenido en el Estadio Nacional de Santiago y cuando le dieron la posibilidad del exilio se vino a Bahía Blanca en el ’73, sin conocer a nadie, sin familia. Acá conoció a mi mamá, nací, y sin embargo en mi casa nunca se habló de nada que tenga que ver con la militancia. Fue así hasta los 18 años, cuando me vine a Mar del Plata a estudiar Trabajo Social y empecé a militar en una agrupación: cuando se lo conté a mis padres me revelaron su historia, la cual nunca me habían contado como un intento por protegerme. Así, mi historia me sirvió para explicarle a mi hija, que nació un 24 de marzo, que esta fecha tiene que ver con toda América Latina, no sólo con nuestro país, porque Sudamérica fue víctima del Plan Cóndor. Evidentemente algo había en mi historia personal para andar ese camino. Nada es casual. Con el festejo del cumpleaños de mi hija, en una fecha tan característica, es como ponerle un poco de vida a tanta muerte”.

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Pese a que en el propio barrio hubo quienes ponían trabas en el camino, quienes dañaban las expresiones artísticas y de señalización que realizaron y existió amedrentamiento por parte de policías de civil que merodeaban la zona, esos pocos no pudieron opacar todo lo que los vecinos lograron con su accionar. Muchas de esas cosas, de las que reconocen aún no ser conscientes, incluyeron la llegada a la ciudad de referentes de Abuelas cono Taty Almeida o Nora Cortiñas, o la propia vuelta de Etchecolatz a la cárcel.

“Nuestro logo tiene la gorra de Julio López, porque él está implicado en su desaparición. Acá en el barrio hay gente que tiene que atestiguar contra él y todavía tiene juicios pendientes ¿Qué pensó la Justicia para beneficiarlo con el arresto domiciliario y condenarme a mí a ser su vecina? La Justicia nos puso en riesgo: acá hay clima de época ¿por qué le dieron la domiciliaria ahora y no la última vez que la pidió?”, agregan, mate de por medio y casi al unísono.

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“Por mi parte, sólo tuve la suerte de que mi familia me paró de este lado. No tengo familiares que hayan sido víctimas del terrorismo de Estado, ni pérdidas cercanas. Nací en Buenos Aires, en Bella Vista, pegado a Campo de Mayo. Era un pueblo plagado de militares, y colegios religiosos llenos de hijos de militares, y tuve la suerte de ir a uno de los pocos colegios laicos que había. Pude criarme con otra cabeza y creo que un poco lo heredé de mis padres y de su manera de pensar. Toda mi vida sentí muy claro de qué lado estaba en relación a nuestra historia y en relación a esto. Creo que fue un poquitito por eso que soy muy sensible a esto. A lo que pasó, a lo que vivió gran parte de la gente. Las historias que escuché no las viví pero me llegan. No tengo esa cicatriz, pero tuve la capacidad de entenderla y de pensarla, simplemente eso. No pasa por haberlo vivido sino desde qué lado lo vivís. Yo me paro acá”.

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No obstante, “todavía queda mucho por hacer”, dicen ellos, y tiene lógica. “Vecinxs sin Genocidas” surgió por motivaciones personales y colectivas contra Etchecolatz pero no se termina allí. Aún quedan decenas de genocidas con domiciliaria en Mar del Plata, y barrios que carecen de conciencia. “Ahora se empieza a hablar sobre Alfredo Astiz y tenemos a Demarchi también, entre otros. Esto nos envalentonó a reordenar las ideas. No puede quedar solo en hacer un asado y festejar. Queremos que esto deje huella. Tenemos esa sensación de tener un peso propio, de que no dependemos sólo del gobierno de turno. El vecino ahora está alerta, para decir que no. Estamos ahí. Queremos demostrar que salir a la calle sirve”, señalan.

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Roberto: “Nosotros somos hermanos, no tenemos familiares de desaparecidos pero a diferencia de Julia no recibimos formación de nuestros padres. A mi viejo lo quiero pero era un facho. Por ejemplo, tengo recuerdos de una libreta de mi papá con el nombre de Suárez Mason (represor), y por parte de mi mamá, nada. Se me ocurre que hoy por hoy llegamos a sentir esto por rebeldía a eso que vimos. Después sí hubo una cuestión ideológica de formación. Tengo recuerdos por Ituzaingó, en mi infancia, como cuando salí de mi casa y vi chicos frente a un paredón, y un milico que me dijo ‘metete adentro’. Después sólo escuché una ráfaga de disparos. Ahora, hoy en día yo no puedo no accionar ante cualquier injusticia que veo en cualquier lugar”.

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Coty: “Puntualmente con el caso de Etchecolatz lo que más me movilizó fueron mis hijos, en mi lugar de madre. Yo no quería que mis hijos vivan esto. Crecieron en otros tiempos y la llegada de Etchecolatz era un retroceso. Yo tengo registros de salir de casa y que mi hija me diga ‘acá vive el represor’, pero no quiero tener que volver a explicarle que hay un genocida en el barrio. Es hija de la democracia, la justicia y los derechos”.

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“Vivimos una experiencia muy particular, con un personaje muy particular y además este barrio es particular. Por eso hablamos de compartir la experiencia, de sacarlo afuera. Hay otros barrios que no tienen pertenencia y yo siento que hay gente que capaz está viviendo lo mismo y no sabe que a cuatro cuadras tiene un genocida. En este barrio, muy agreste, las dos garitas con prefectos no son naturales para el entorno. Acá fue muy visible por eso también. Era muy chocante”, finalizan los vecinos en la ronda de mates.

Etchecolatz estuvo casi tres meses en el Bosque, y sus días no fueron más ni tan placenteros para el represor gracias a que un grupo de vecinos decidió moverse desde el primer día. Despertaron a la Justicia y a partir de ahora seguirán organizados para concientizar al resto de la ciudad y para que cada uno de los genocidas que aún permanecen condenados y con domiciliaria, vuelvan donde les corresponde: una cárcel común.

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“Mi historia es larga. Tengo a mi viejo desaparecido. Militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo y en el ’72 tuvo que pasar a la clandestinidad. Solo tengo fotos para recordarlo porque yo tenía un año y medio. Sé que murió en Tucumán, porque hay registros de eso, pero figura como desaparecido porque nunca nos entregaron el cuerpo ni certificado de defunción. Mi abuela tiene 97 años y si le preguntás qué es lo que quiere antes de morirse, ella quiere saber dónde está y dónde estuvo su hijo para enterrarlo al lado de su papá, que murió buscándolo por cielo y tierra. Me cuesta hablarlo porque ni yo todavía tengo cerrada la historia.

A mí la política y su militancia me quitaron un padre y mi mamá la pasó re mal. Un día mi viejo llegó a casa y dijo que se tenía que ir. Y a las horas nuestro departamento se llenó de policías buscándolo a él y a partir de ahí nuestra vida fue un calvario. Paralelamente mi mamá tenía tres hermanos desaparecidos. Uno de ellos no apareció nunca más y dicen que la última vez que lo vieron fue en el centro clandestino donde estaba como director Etchecolatz.  Esto me afectó mucho. Y yo le dije a mis amigos que pensar que esta persona estaba adentro de su casa, no lo podía soportar.

Desde hace pocos años empecé a querer saber quién fue mi viejo y por qué había tomado esa decisión de irse. Es difícil entender hasta dónde uno lucha por sus ideales, que incluso lo llevaron a dejar a su familia. Hasta hoy me cuesta entender.

Cuando tenía 21 años mi tía me dio una carta que mi viejo me había escrito en el ’72, y él ahí intenta explicarme algo. ‘Intentamos sembrar la semilla de un árbol y quizás vos algún día recojas el fruto. Tu padre casi seguro no llega. Mañana o pasado muero. Recogé ese fruto, cuidalo y hacé que se reproduzca en todos los países donde haya miseria y sean oprimidos (…) Este es mi camino, espero que así lo entiendas, y que vos también llegues a dar a tu pueblo todo, todo. Sin pedir nada a cambio’. Eso me mató, porque hoy en día esa gente ya no existe más. En muchas oportunidades me siento que le fallé. Al no haber estado antes en esta lucha o en otras. Pero es como te dije, son muchas cosas las que pasan dentro de uno. Hoy la certeza es que es un desaparecido y no tengo donde ir a dejarle flores, y es difícil.

Quizás el fruto que tomé de mi viejo fue el haberme manifestado con los vecinos. El día que se fue Etchecolatz de acá, llegué a casa y no paré de llorar. En algún punto fue superador. En una parte de su carta dice ‘la victoria será un himno que se alzará en cada rincón de nuestra patria’ y lo de Etchecolatz fue una victoria”.

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