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La supremacía urbana de Arlt

Hace 90 años, Ricardo Güiraldes y Roberto Arlt publicaron Don Segundo Sombra y El juguete rabioso, respectivamente. Dos novelas que configuran el imaginario dicotómico argentino de campo-ciudad, a comienzos del siglo XX.

20/11/2016
 
Mariano Taborda

Autor: Mariano Taborda

redaccion@quedigital.com.ar @marianotaborda

“El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo”

Roberto Arlt

QUÉLEER Arlt (2)

Argentina es un territorio geográfico y simbólico en constante disputa. Las categorías de campo y ciudad contienen un paradigma de producción, una estructura de clases y un modo de vincularse con los hechos artísticos. Podemos ver los rastros de la realidad y de la historia en la literatura o podemos ver, subvirtiendo el enfoque, cómo la literatura opera en la realidad. El año 1926 marca un momento de inflexión en las letras locales: la publicación de dos novelas, Don Segundo Sombra de Güiraldes y El juguete rabioso de Roberto Arlt, vieron la luz en un momento de transición. Argentina ya no es el territorio que se expande quitándole tierras a los originarios; cargado de imágenes bucólicas de caballos, gauchos y mates amargos. La inmigración europea, el anarquismo, la organización obrera y el crecimiento de los centros urbanos, comenzaron a delinear otro referente.

La literatura gauchesca es un género novedoso y local, del mismo modo que la literatura fantástica del Río de La Plata del siglo siguiente. Nuestro romanticismo tardío encontró su tono local en la extensa y desolada llanura pampeana. El Martín Fierro de José Hernández es el punto más destacado: no solo como ejemplar perfecto del género, sino como estructurador de la nacionalidad; ahí está lo que somos, o lo que fuimos o lo que creímos ser. Es un largo canto de resistencia contra los gobiernos modernos y liberales de Mitre y Sarmiento: denuncia la persecución de los gauchos, confinados a la frontera con el indio. Estos hombres solitarios son andrajosos, enjutos, serios y tristes; juegan un rol secundario en el esquema de país que otros están ejecutando. Ese texto poderosísimo disputó con el Facundo de Sarmiento hacia dónde deberían ir la literatura y la concepción de nacionalidad: lo urbano contra lo rural, el progreso contra el retroceso, la civilización contra la barbarie. Primero Leopoldo Lugones y luego Jorge Luis Borges ubicaron al Martín Fierro como el poema fundacional. Los albores del siglo XX no ofrecen una idea nítida de anclaje simbólico, entonces, el libro de Hernández, descontextualizado, sirve como oposición a la incomodidad y complejidad de la hibridez. El gaucho ya no molesta (de hecho ya casi no quedan), extinta su fuerza se lo utiliza como ícono en contra de los españoles, italianos y polacos pobres; del lunfardo;de la argentinidad desprovista de identidad propia.

LOS ESCRITORES

QUÉLEER Arlt Guiraldes (4)Ricardo Güiraldes es exponente claro de las clases acomodadas argentinas. La acumulación originaria de su familia le permitió el ocio necesario para viajar a Europa, vacacionar en la estancia de campo y dedicar interminables horas de sosiego a pulir su prosa. Hablaba con fluidez el francés y el alemán, y frecuentaba los círculos de la intelectualidad porteña. Junto a escritores de renombre fundó la revista Proa. Viajero incansable, a la distancia, pensó con extrañeza y lejanía su tierra natal: la vislumbró verde y extensa; una mirada que no encuentra obstáculos para toparse el horizonte manso. La memoria inocente o el deseo de construir una ideología, operaron en Güiraldes y empeñaron su visión, la distorsionaron.

QUÉLEER Arlt (1)

Roberto Arlt es todo lo otro: hijo de inmigrantes de clase baja, accedió a la formación literaria a través de obras de poco valor, no tuvo el tiempo material ni el dinero necesarios para viajar, visitar galerías de arte o pasar veranos de distensión y reflexión en las casas de las Ocampo. Escribió con los elementos que tenía. Aunque no había en el campo literario un lugar para los que eran como él, le arrebató de un zarpazo un lugar al canon. Lo acusaron de tener un estilo rústico y descuidado, Arlt no se amilanó y redobló la apuesta. En el poderosísimo prólogo a Los lanzallamas se encargó de todos ellos: “Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras”.

A contramando de lo que se podría conjeturar, ambos escritores tuvieron una relación cercana y amistosa. Güiraldes empleó a Arlt como secretario y lo persuadió sobre el título de su primera novela: el original “La vida puerca” debía llamarse de otro modo. El hombre acomodado daba los toques finales de su obra cumbre y leía, en simultáneo, el boceto que del joven serio y rústico le entregó. Pudo advertir —a pesar de los arcaísmos, de las dificultades formales y de la ferocidad ajena a su gusto— que en el texto había una pulsión, un músculo literario, un grito descarnado que anunciaba lo que vendría: el parto doloroso, ensangrentado, que emergía sobre las ruinas de la propuesta gauchesca en decadencia.

LAS NOVELAS

El gaucho, en términos fenomenológicos, es solitario, no se organiza. Como bien dice Ricardo Piglia en Blanco nocturno, si tiene un problema en el trabajo se manda a mudar o mata al patrón. Se alimenta a base de carne asada y mate amargo, y su forma de trascendencia es el temor a Dios y el contacto con el arte a través de la literatura oral. No posee bienes materiales, exceptuando el caballo y el rancho, y su concepción de ascenso social es prácticamente nula. Los ricos no compran propiedades, las heredan. El gaucho no se independiza económicamente, solo espera la bonhomía y misericordia del patrón. La libertad no está contenida en la referencia de lo que no es, sino en la pertenencia de lo que es: el galope en la llanura bajo el cielo arrebolado e infinito, la bebida desproporcionada en la previa al día libre. El gaucho es pobre.

QUÉLEER Arlt (3)Don Segundo Sombra narra las aventuras de un gaucho resero, huérfano: un joven que desconoce los rudimentos del campo y que es apadrinado por Sombra, un gaucho sagaz y diestro. El narrador heredó bienes, de forma azarosa, y ya no pone el cuerpo para ganarse el alimento; es un gaucho desclasado. La evocación tiene el tono de la aventura juvenil, el recuerdo exaltado por distancia del tiempo, espacio y forma. Ahora es mayor, tiene propiedad, perdió fuerza. Es una novela bien escrita, con pasajes lúcidos: Sombra contando, junto al fuego, fragmentos del Nuevo Testamento con un lenguaje desacralizado. La última línea de la novela, es tal vez el momento más alto de la escritura de Güiraldes, seis palabras que justifican toda una obra literaria: “Me fui, como quien se desangra”. Con todos sus aciertos, el texto de Güiraldes no deja de ser un intento de postergar en el tiempo algo agotado. Es una novela de decadencia: la gauchesca, que fue reacción, que fue subversión del paradigma de copia e imitación de las altas letras foráneas, ahora es absorbida por el estilo europeo bajo el intento de recrear un imaginario rural que agoniza. El gaucho ya no es el sujeto histórico contrahegemónico frente al ideario de progreso de Sarmiento, es solo una evocación, un responso.

Sin la decisión y la firmeza con que Borges o Saer delimitaron su terreno y se pararon en la literatura nacional, Arlt (intuitivo, pulsional) marca por dónde debe ir la cosa. La novela moderna transcurre en la urbanidad, el automóvil suplanta al caballo y el subterráneo a la carreta. Los barrios bajos de Buenos Aires son el territorio donde ocurre lo literario. A diferencia del gaucho impoluto de Güiraldes, los personajes de Arlt sufren: cargan con el peso contradictorio del bien y del mal, con el descontento; están incómodos. El juguete rabioso cuenta la historia de Silvio Astier (el personaje más autobiográfico de sus novelas) un joven aprendiz de inventor y ladrón. El héroe de la novela intenta un batacazo para salir de pobre, un robo o un invento, no importa el medio. Con dos cómplices asalta la biblioteca de una escuela: la transgresión en su punto más descarnado, todo lo que no debe hacerse. La fórmula para redimir las culpas y reencontrarse con la humanidad es la traición: delata al rengo con quien planea robar una casa. El estilo –el de Arlt siempre fue menospreciado, pretendiendo legitimar la visión de un escritor semianalfabeto con carencias básicas- no se forma únicamente con las metáforas o los artilugios para enmascarar las imágenes poéticas. El “estilo”, en todo caso, debería analizarse como categoría totalizadora, como cosmovisión y no solamente por las referencias cultas a mitologías antiguas o temas solemnes. Los personajes en las narraciones de Arlt son ladrones, cafishios, prostitutas, seres humanos enclenques y deformes que “son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas”. Estos malandrines proyectan revoluciones insólitas, atracos, traiciones, o suicidios.

La tensión entre ciudad-campo, imagen idílica-imagen confusa, prosa adornada-prosa viva se volcó, sin dudas, para el lado de la urbanidad pestilente de Roberto Arlt. La novela de Güiraldes es una suerte de réquiem a la gauchesca, una despedida honrosa. La de Arlt es la semilla de lo que vendría. El modelo político y de producción argentino mudó también a los centros urbanos. Arlt, con lucidez casi involuntaria, pudo advertir por dónde iba la cosa.

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