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14/08/2021

Sensibilidad y filosofía en “¡El gran Deleuze! para pequeñas máquinas infantes”

El libro de Matías Moscardi es una propuesta lúdica e intrépida que parte de los conceptos del Gilles Deleuze junto a Félix Guattari y les adjudica un lenguaje sensible.

Sensibilidad y filosofía en “¡El gran Deleuze! para pequeñas máquinas infantes”
(Foto: gentileza Matías Moscardi)

Hace un mes el docente, investigador y escritor Matías Moscardi lanzó su último libro “¡El gran Deleuze! para pequeñas máquinas infantes”. Se trata de una propuesta lúdica e intrépida que parte de los conceptos del Gilles Deleuze junto a Félix Guattari y les adjudica un lenguaje sensible. “La idea es vivir la experiencia de los conceptos que estaban, pero con un lenguaje extraño”, destacó el autor en diálogo con Qué digital.

Gilles Deleuze fue profesor de filosofía. “Su principal actividad era la docencia, obviamente escribió muchos libros sobre la historia de la filosofía repasando la obra de Kant, Nietzsche, Jung o Spinoza”, explicó Moscardi. En ese marco, el libro parte de los conceptos que el docente publicó junto al psiquiatra Félix Guattari en las obras “El Anti-Edipo”, “Mil Mecetas”,”¿Qué es la filosofía” o “La lógica del sentido”. “Fue un tipo de aporte muy disruptivo para la época, muy difícil de clasificar, con un lenguaje muy extraño y muy singular”, apuntó.

El mar, de alguna manera filosófica, enlazó los conceptos que aportaron los pensadores y que descubrió y analizó Moscardi para evocar en su último libro. Así la costa francesa y la argentina se entrelazan en “¡El gran Deleuze!”. “La dificultad de Deleuze y Guattari es que entrecruzan a Castaneda con la teoría de la relatividad, con la biología. Es un lenguaje extraño, más para la época en la que publicaron”, resaltó Moscardi.

“¡El gran Deleuze! para pequeñas máquinas infantes” fue editado por Beatriz Viterbo y en la ciudad se puede adquirir en las librerías El Gran Pez, Libros de la Arena y Fray Mocho. En concreto se trata de un libro de filosofía para las infancias basado en los conceptos de Deleuze, ilustrado por Aruki y diseñado por Santiago Moscardi en Mar del Plata. Días atrás, Dario Sztajnszrajber lo presentó en una charla que está disponible a través del canal de YouTube.

Si bien el libro está pensado desde una narrativa sensible para las infancias no hay una categoría de edad establecida, más bien el autor propone que sea una experiencia para todo tipo de lector. “Me han escrito familias con hijos de 6 años que aún no saben leer y les leen un capítulo, juegan, y después pasan a otro. Después hay lectores de 11, 12 años y adultos”, describió y agregó: “Depende mucho de la voluntad que tengas y de la concepción de la lectura, no es necesario leer linealmente. Es un libro que instala otro tipo de lógica de lectura”.

Sin dudas “¡El Gran Deleuze!” invita a leer, jugar, conversar y, por qué no, a cuestionarlo. “Los conceptos en el libro son aventuras, hay que ir a vivirlos como en el mar. No lo conocés hasta que te metes y aún así no terminás de conocerlo nunca. La idea es vivir la experiencia del concepto”, enfatizó Matías Moscardi.

Moscardi tiene 38 años, se doctoró en Letras y escribió siete libros de poesía, tres de narrativa y la tesis “La máquina de hacer libritos: poesía argentina y editoriales interdependientes”. Además, es docente en la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata e investigador del Conicet.

-¿Qué te impulsó a escribir “¡El gran Deleuze! para pequeñas máquinas infantes”?

– En principio había un desafío o una inquietud respecto a si el cruce era posible y llevarlo hasta las últimas consecuencias, era el orden de la intriga porque la relación ya estaba dada. Muchos me han preguntado porque Deleuze para las infancias y ese cruce ya estaba hecho pero pasa desapercibido. Después quedaba la intriga de qué pasaba con eso que había detectado de la obra de Deleuze y Guattari de la figura del niño y la infancia y ahí apareció el lenguaje del libro.

Como dijo Darío Sztajnszrajber en la presentación, es un libro escrito desde la literatura infantil, la narrativa infantil. Ese lenguaje de alguna manera resolvió el primer impulso, el lenguaje le dio la plataforma al libro básicamente. Yo me daba cuenta que no se trataba de explicar Deleuze, sino de darle un lenguaje a esos conceptos filosóficos. Otorgarle un lenguaje nuevo en relación a esos conceptos. Un lenguaje que no le hayan asignado antes. La asociación estaba, lo que fue inédito fue dotarlo de un lenguaje infantil, poner como destinatario a las máquinas infantes.

Leí estudios en inglés sobre análisis en clínicas con pacientes con esquizofrenia o autismo desde las vías que proponen Deleuze y Guattari pero desde un lenguaje académico. El cruce estaba hecho.

– Durante la presentación Darío Sztajnszrajber destacó que es un libro que está escrito con los ojos del asombro ¿Fue de alguna manera mirar los conceptos con ‘ojos de niño’?

-Constantemente hay descubrimiento todos los días, de alguna manera perdemos un poco eso. Lo cual es una picardía absoluta, porque uno siempre tiene la oportunidad de hacer emerger los ojos del asombro, los ojos del niño. Con mi hijo de un año y medio no lo puedo creer, está todo el tiempo explorando y descubriendo cosas que no tienen relación, riéndose por lo que descubre. Tienen como una pulsión exploratoria, nómade. Hay algo maravilloso que tiene que ver con la exploración, tipo el relato de aventura, siempre explorar un territorio nuevo. La exploración es el corazón del libro, que te lleve al contacto de descubrir lo que hay a mano.

-¿La ilustración fue una pieza clave? 

-Primero escribí el libro, me encanta dibujar pero soy pésimo dibujando. En un momento me había comprado una tableta gráfica para dibujar en la computadora. Cuando empecé a escribir el libro, garabateé algunos dibujitos que aparecen en el libro: un rizoma, una cara, un arbolito; son dibujos que podría hacer una persona de 6 años pero quedaron porque hablaban del espíritu del libro. Cuando terminé de escribirlo no había pensado en la ilustración, aunque era consciente de que el libro convocaba a un  universo gráfico. Una vez que firmé contrato con Viterbo me consultaron si me conseguían un ilustrador y les dije que el diseñador y el ilustrador los conseguía yo. Es un libro muy delicado y necesitaba algo específico. Aruki es amigo de mi hermano y mío, sabía que además era lector de Deleuze y que le copaba ese universo. La editorial me dio el ok para trabajar con mi equipo. El diseño lo hizo mi hermano, Santiago Moscardi, y Aruki hizo las ilustraciones.

-¿Cómo abordaron las imágenes que ilustran el libro?

-La idea era mantener cierta ambigüedad,  porque el libro puede ser leído por chicos y por grandes, (y queríamos) mantener eso desde las ilustraciones. Para que sea convocante tanto para adultos como para niñes. Trabajamos con todo lo que es cartelería de fines del siglo XIX, principios del XX, de espectáculos de ilusionismo, de magia,  grabados de Lewis Carroll o de Charles Dickens. Armamos un universo visual que nos sirviera de inspiración para tener formas visuales en el libro.

El libro parece un libro de magia, todos los elementos están dentro del libro. Por ejemplo, mi biografía, la contratapa están escritas con el tono del libro. Uspe mi foto de cuando era chico y la foto de Deleuze es una foto de cuando él era niño.

-¿Cuál fue el principal desafío que se presentó con este trabajo?

-La dificultad más importante fue mantener cierto grado de rigurosidad  en relación a los conceptos de Deleuze y Guattari a la vez que poder tener ciertos márgenes de flexibilidad para que esos conceptos fluyeran  y pudieran proyectar una nueva  coloración, una nueva intensidad. Eso fue lo más complejo. Siempre fui muy consciente de no querer reducir el concepto, es decir, explicarlo o simplificarlo. En cada uno de los capítulos, en cada una de las lecciones era: parar la pelota, frenar el auto y  analizar cada concepto, porque detrás hay una investigación de Deleuze, después era ver qué hacía con todo eso. Era salir a la búsqueda de una aventura, una peripecia, una imagen, una película, de un libro en donde ese concepto se conectara completamente al concepto. La primera imagen es el mar, la segunda es la lluvia y ahí quedó instalado un modelo líquido, fluvial, de lo que es la filosofía para Deleuze y Guattari.

Era constantemente ir avanzando, dando pasos muy cortos hasta encontrar estas figuras que vinieran a  servir para que el concepto fluyera, se relativizara, se problematizara, no en términos intelectuales solamente sino sensibles y experimentales porque el libro lo que hace es proponer juegos, propone experimentos de manera implícita.

Al principio aparecen modelos de qué es la filosofía que está asociada al mar, lo cual ya es mucho decir: implica una superficie, una profundidad que no se ve, se conoce metiéndose, después tiene olas que vienen a tandas, nunca se ve completo; es metonímico, nunca lo ves en su totalidad.

-En el último tiempo se impuso el concepto de deconstrucción ¿de dónde viene?

-La palabra deconstrucción había aparecido en 1968 en la gramatología. Ya en la década del ’60 del siglo XX estaban estas inquietudes, solo que a nosotros nos parecen nuevas porque a medida que pasa el tiempo hay operatorias de olvido en la cultura, es algo que viene de larga data. Son inquietudes que vienen arrastrándose hace un siglo y que ahora empiezan a hacer más efervescencia y con las redes circulan de otra forma.

-¿En qué proyecto estás trabajando ahora?

-Este libro salió hace un mes y un poco estoy disfrutando de eso. Durante el día soy docente en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y durante la noche escribo. Siempre estoy escribiendo y leyendo. En el Conicet estoy trabajando sobre poesía argentina contemporánea. La escritura creativa es en paralelo, medio como Batman. Tengo un par de proyectos: con Andrés Gallina escribimos un diccionario de separación “Amor a zombie” (2016) es un libro sobre la separación amorosa en términos de la filosofía, el psicoanálisis, la política; toca bastantes aspectos. Con él estamos haciendo un libro sobre el mar, estamos delirando un poco. Ahora también estoy escribiendo sobre clásicos infantiles como “Peter Pan”, “El mago de Oz” o “Pinocho”, estoy tomando apuntes bastantes raros. Está todo muy verde aún.

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