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02/04/2021

A 39 años de la guerra: “No hay un día que no piense en Malvinas”

Pedro Benítez, actor y director, compartió con Qué digital cómo fue su experiencia y cómo el arte lo ayudó a salir adelante. “El teatro me salvó la vida”, sintetizó.

A 39 años de la guerra: “No hay un día que no piense en Malvinas”
(Foto: Sebastián Benítez)
Alina Rodríguez Martín

Autor: Alina Rodríguez Martín

[email protected] @AlinaNahime

A 39 años de la guerra de Malvinas, Pedro Benítez, actor y director de teatro recordó cómo fue su experiencia cuando lo llamaron en 1982 desde el Ejército para presentarse en combate y cómo después, gracias a su familia y al arte, logró salir adelante. “El teatro me salvó la vida”, sintetizó en diálogo con Qué digital.

El 13 de noviembre de 1981, cuando aún no se hablaba de Malvinas en el país, Pedro Benítez obtuvo la baja del Ejército y se volvió a Mar del Plata. “Hice la colimba diez meses, me reintegré en mi actividad social, ya hacía teatro y me salió un trabajo de asistente técnico en el Teatro Colón”, recordó el actor y director marplatense. Para marzo de 1982, al terminar la temporada teatral, se quedó sin trabajo y decidió continuar sus estudios en la Escuela Municipal de Arte Dramático (Emad) que funcionaba en el instituto ubicado frente al Parque Primavesi bajo la dirección de Antonio Mónaco. “Empecé el segundo año con Roberto Moss y ya el 31 de marzo se empezaba a rumorear que había conflictos con Inglaterra”, señaló Benítez.

“Una noche estaba en el boliche con mis amigos, pararon la música y dijeron que los soldados clase ’62 que estuvieran de franco o que estuvieran de baja se tenían que presentar en el cuartel más cercano”, recordó. A partir de ese momento Benítez, como tantos otros jóvenes, pasó a formar parte de uno de los capítulos más dolorosos de la historia argentina.

La guerra de Malvinas dejó secuelas irreparables. Según datos oficiales, hubo 649 muertes argentinas y se estima que más de 500 suicidios motivados por secuelas y traumas de posguerra. “Sinceramente, no hay un día que no piense en Malvinas. Siempre para esta época me siento mal, antes de ayer me puse mal de golpe. Se recrudece el recuerdo por esta fecha”, indicó conmovido.

“Me gustó mucho lo que se hizo para el 24 de marzo de plantar memoria, sería lindo que se plantara memoria también por los ex combatientes“, sostuvo y agregó: “Nosotros luchamos por una buena jubilación, para los que no estuvimos en combate porque si estuvimos en el conflicto”.

“De qué sirve tener la medallita si no tenemos el reconocimiento mínimo del gobierno. Una obra social digna y jubilación aunque sea mínima”, acentúo en un día donde ejercitar la memoria cobra sentido por quienes siguen buscando reconocimiento y quienes ya no están.

-¿Cómo fue tu experiencia en el Ejército?
-Hice la colimba en 1981, tenía 18 años cuando me llamaron para el distrito militar Tandil que correspondía a Mar del Plata, Tandil, Azul y Olavarría. Mi familia es de Azul y cuando me llamaron para hacer el servicio militar ahí me puse contento, me presenté en Tandil, me subieron a un colectivo. En esa época ya fumaba así que le pedí a un compañero que me dejara del lado de atrás que estaba abierto. En eso, vino un tipo, yo en ese momento no sabía de jerarquías, y nos dice que nos bajemos –yo pensé que porque estaba fumando- y nos mandaron a un colectivo que decía City Bell, en ese momento yo no sabía ni que existía. La cuestión es que me llevaron a La Plata a hacer el servicio militar, me tocó en el Batallón de Comunicaciones de Comando 601 de La Plata. Todo ese año no vine a Mar del Plata porque no se podía salir a más de 60 kilómetros del ejército donde se estaba haciendo el servicio militar.

En noviembre de 1981 por buen comportamiento voy a sorteo que iban diez soldados por batallón, en la primera baja. Me habían elegido mejor compañero porque todos me pedían hacer guardias, yo las hacía si total me tenía que quedar ahí. Elegía la primera o la última porque sabía que no los hacían bailar, que te mataban haciendo gimnasia militar antes de dormir o al levantarte: hacían maniobras que te tenías que poner los colchones en la cabeza y salir al patio, entre otras maniobras. Cuando se realizó el sorteo, el Mayor decidió hacerlo entre todos lo que tenían mayor puntaje, éramos como 300. Ahí pensé que no me iba más, empezó el sorteo al estilo ejército, puso todos los números en un casco y lo formó por sección, yo pertenecía a la tercera de ese batallón. Cuando saqué el papelito veo un 9 y me fui de baja.

-¿Cómo fueron tus días antes de tener que presentarte ante la guerra?
-Empecé el segundo año en la Escuela de Arte Dramático y ya el 31 de marzo se rumoreaba que había conflictos con Inglaterra. Yo seguía en contacto con mis compañeros que estaban en la colimba, me seguía carteando, algunos hacían guardia en la parte de operaciones y me llamaban por teléfono a mi casa, teníamos largas charlas con los muchachos. Los que eran de Mar del Plata, les hacía de correo a los padres, me llamaban a mí porque algunos no tenían teléfono y yo iba y les comunicaba cómo estaban, si necesitaban algo para que se los mandaran por encomienda. Todavía tenía 18 años, iba a bailar a un boliche que quedaba en calle Córdoba entre Moreno y Belgrano y siempre nos juntábamos en el café Tobago, en Belgrano y Córdoba.

Una noche estaba en el boliche con mis amigos, pararon la música y dijeron que los soldados clase ’62 que estuvieran de franco o que estuvieran de baja se tenían que presentar en el cuartel más cercano. Cuando salgo del boliche, me encuentro a mi hermano que ya estaba casado y con hijos, me había ido a buscar porque habían llamado mis compañeros que estaban juntando las cosas que se iban al sur y que me tenía que preparar porque me iban a mandar un telegrama.

En mi casa, había un cuadro muy desgarrador. Mi vieja, de familia tana ya me veía muerto y enterrado. Veníamos de cosas muy opacas, mi papá era sindicalista y sabían mucho más lo que estaba pasando, compañeros de él fueron chupados y yo me enteré mucho después. A mí me decían “cuídate porque hacés teatro” y yo no entendía muy bien.

-¿Cuándo te llegó el telegrama?
-El 6 de abril de 1982, me decía que me presente en el cuartel que me había presentado para ir a hacer el servicio militar, entonces me fui a Tandil pero ahí no figuraba. De Tandil, me mandaron para Mar del Plata porque no estaba en los registros. En La Plata no figuraba, porque figuraba como registro militar Tandil pero estaba en la lista Batallón de Comunicaciones de Comando 601. Cuando me llegó el telegrama, mis compañeros ya estaban en las islas en Puerto Argentino porque eran la parte de logística y de comunicaciones. Algunos, como mi compañía, éramos de infantería. Toda esa compañía fue la que estuvo en Puerto Montt en Malvinas, fue un desastre, prácticamente fue uno de los últimos combates del frente de Argentina defendiendo de los ingleses.

-Con el malentendido, tardaste mucho en llegar ¿con qué te encontraste?
-Mis compañeros de la colimba ya no estaban, eran todos nuevos y no conocía a nadie. A mí me mandaron a Puerto San Julián, llegué por el mes de mayo. Cuando estábamos ahí, nos mandaron a llamar de Puerto Deseado para embarcar para las islas y después del 25 de mayo que fue el hundimiento del Belgrano bloquearon todas las salidas y ya no se podía salir del continente, quedamos unas horas en el gomón flotando sin poder pasar a las islas. No llegué a entrar en combate, estuve solo en logística. Tuvimos que hacer guardia en esa parte del continente. Nos íbamos enterando de los compañeros que se iban muriendo.

– Eras por entonces tan pibe, con toda la incertidumbre y llegar a un destino que te podía cambiar la vida ¿Después de 39 años qué sensaciones persisten?
-Estábamos en la parte de comunicaciones y nos comunicábamos con lo que pasaba en Puerto Argentino y por eso nos enterábamos de quienes iban muriendo, enseguida se venían imágenes de cuando hicimos la colimba. Me acuerdo cuando nos contaron del subteniente Anadon, para nosotros era un ejemplo de soldado porque entrenaba y tenía un físico privilegiado, parecía un marine, pisó una mina propia y voló por los aires; hasta esa inexperiencia. Minaron el campo y después no sabían dónde estaban, entonces cuando salieron a la carrera voló por los aires y así un montón de casos. O ver las balas razantes que te pasan cerca de la cabeza, luces. Para que tengas una idea o una imagen era como cuando llueve granizo en un techo de chapa, ese ruido que te deja sordo.

Para limpiar el fusil se usaba estopa y un lubricante, con un fierro largo se ponía la estopa y se limpiaba: muchos se ponían la estopa en los oídos porque se les reventaba el tímpano. Los Harrier pasaban arriba nuestro porque los chilenos le daban espacio aéreo y pasaban por San Julián, el armamento de los ingleses era superior. Yo tenía un fusil que no andaba e igual quería entrar en combate.

-¿Les daban alimentos y ropa?
-Alimentos una vez que se bloqueó el puerto no llegó nada más. Al principio comíamos bien y a lo último teníamos que pedirle a la gente del pueblo, las encomiendas nunca nos llegaron.

El soldado pasó indigencia y fue sometido por los propios oficiales, desde humillarlo, cagarlo de hambre, cagarlo a palos. Como un desquite de lo que no podían hacer contra el enemigo.

La ropa era solo para algunos, era nueva pero el pantalón de jean es más calentito que la ropa que nos dieron, era un tela muy fina, camisa, camiseta y eventualmente nos daban un corderito de la primera Guerra Mundial, era viejísimo, yo me lo ponía porque hacía un  frio bárbaro y los que estaban en el sur tenían una campera, un camperón y nada más. Las botas eran nuevas pero pisabas barro y a los días parecían que tenían cinco años. Yo que estuve en un pozo de zorro esperando para entrar en combate, imagínate los chicos que entraron en combate y que tuvieron que retroceder. Era un campo muy rocoso, como si fuera la cima de las sierras pero peor, a eso sumándoles viento y lluvia. La ropa fue un desastre.

Vivir once días en un pozo de zorro, con agua hasta la cintura, haciendo mis propias necesidades ahí, comer poco, sentir frío, la lluvia, no dormir también es parte de lo que fue la guerra, no solo entrar en combate. Todos los problemas de salud que tengo son consecuencias.

Quiero creer que fue una gran equivocación, detrás de esto hubo un discurso político y social del momento que los milicos querían beneficiarse y si la ganaban se quedaban. No creo que se hayan querido deshacer de una generación. Para mí Malvinas fue el trampolín a la democracia.

-Hay una foto en la que estás en un camión con compañeros y recibís un pan…
-Sí, eso cuando volvimos en Trelew, se acercó un pueblo a darnos un pan. Esa foto después la usaron en un libro. Es una foto hermosa, se ve una madre dando pan a los pibes. Con el hambre terrible que teníamos comíamos hasta pan duro.

-¿El voto de silencio fue explícito?
-Sí, no se podía hablar de lo que había pasado. No se podía contar nada de lo que había pasado, y era tal el lavado de bocho que no hablábamos. Entramos por la puerta de atrás, hubo alrededor de 645 fallecidos y después otros tantos que se suicidaron por la espalda que dio la sociedad.

-¿Cómo fue tu regreso?
-Tuve una familia muy fuerte y contenedora, pero hay otros que no. Un amigo muy cercano se terminó suicidando el día anterior a mi casamiento. No soportaron. A algunos les daban pastillas para tranquilizarlos a la mañana y para dormir a la noche, no había psicólogos preparados en ese momento. Yo fui a terapia porque me mandaron mis viejos porque no paraba de tomar alcohol y fumar. Llegué a tener tres anginas tabacales, imagínate los que estuvieron en combate. Fumaba casi tres atados por día, no dormía y chupaba. El psicólogo me hablaba de otras cosas, cuando quería hablar de la guerra me saltaba con temas de sexo. De ahí me fui, quería desahogarme.

-¿Volviste a la Escuela de Teatro?
-Sí, por supuesto, me llamó Antonio para que me reintegre. Tenía necesidad pero yo volcaba toda mi angustia y mi bronca al teatro. Llegó un momento que me separó porque era demasiado. Capaz que en una clase de expresión corporal me exacerbaba y rompía un vidrio. Era como un tigre enjaulado que no podía explotar, desahogarme.

-Estabas en crisis y nadie sabía cómo acompañarte…
-Total crisis, y me duró años. No podía sostener parejas. Más que mis compañeros estaban todos en La Plata, acá había algunos. El único que era de Mar del Plata es mi peluquero que hasta el día de hoy me corta el pelo gratis porque lo hicimos zafar de la colimba, tenía un problema de vertebras y el día anterior a la revisión médica le hicimos levantar todas las camas y se le reventaron las vertebras. El otro se suicidó y otro chico que después no lo vi más, en ese momento no existían los centros de ex combatientes. De a poco y gracias a la familia pude ir controlándome, conocí a Eduardo Alonso y empecé a hacer una obra infantil, tap y Antonio (Mónaco) nuevamente me llamó para terminar la Escuela en el ’84 u ‘85.

-¿Sentís que el teatro te ayudó?
-El teatro me ayudó a ver que no había que hacer catarsis, que me tenía que focalizar a través de la memoria emotiva para llegar a otra cosa. Aprendí que la catarsis no es teatro. De a poquito me fui insertando en la sociedad de nuevo. Siempre digo, el teatro me salvó la vida si no yo hubiese sido alcohólico.

“GURKA FUE LA FORMA DE DENUNCIAR LO QUE NO SE DECÍA”

Desde abril del  2004 Pedro Benítez interpreta Gurka, una obra de Zito Lema. “Al principio hubo mucha resistencia, sobre todo de ex combatientes. Les chocaba que se dijera lo que no había que decir”, rememoró sobre la obra que se podrá ver este viernes a las 20 a través de su cuenta de Facebook.

Malvinas había pasado hacía mucho tiempo, Pedro estaba casado y viajó con su esposa e hijo a Buenos Aires. “Llevamos a mi hijo que era chiquito a conocer Plaza de Mayo y estaban acampando los ex combatientes por una mejor obra social y jubilación, entonces me acerco. Hacía años había como negado porque me hacía mal”, aseguró Benítez. A partir de ese reencuentro, sintió la necesidad de decir algo a través del teatro y su esposa, Cecilia Martín, le recordó que tiempo atrás habían visto la obra Gurka interpretada por Roque Basualdo.

“Todo lo que decía Zito Lema de este paciente del Borda era lo que yo quería decir, exactamente lo que había pasado. Pero nadie lo decía”, resaltó. A partir de ese momento, junto a Víctor Iturralde se cargó al hombro un espectáculo que realizó en diferentes centros culturales como el Séptimo Fuego, el Faro de la Memoria, festivales solidarios y a raíz de la pandemia de coronavirus el año pasado realizó función con una trasmisión en vivo.

“Al principio toda la obra se hizo corporalmente, con imágenes y sin texto. Cuando le metimos el texto nació Gurka con una expresión muy fuerte”,  explicó acerca de la puesta simple e íntima.

Una vez más el teatro fue el canal de expresión que encontró Benítez para poder expresarse. “En Gurka encontré  la forma de denunciar lo que no se denunciaba en su momento porque había un cerramiento, un voto de silencio que no se podía hablar de lo que había pasado”, destacó.

“Mi interés era denunciar lo que había vivido en Malvinas y no se contaba”, cerró el artista.

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