El gallo

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21/06/2019
 
Daniel Torres

Autor: Daniel Torres

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Ahí estaba el gallinero, atravesado por dos o tres palos. Las gallinas, adormecidas en el sopor de la tarde. El tren cortaba la ciudad con su tantantantan. Los árboles quietos, dos o tres, muy altos, allá, donde daba la vista, después de atravesar la hondonada que separaba la casa de la abuela de la calle principal, para que las ventanas que cerraban mal y la higuera que presidía el frente, irradiara su áspera santidad antes de la puerta de chapa y el patio. Parados al lado de la vía, gritábamos al verlo pasar. Casi siempre llevaba piedras. De modo que no le gritábamos a nadie. No sé por qué se le da a uno por gritar cuando pasa un tren.

Mi abuela andaría por ahí, asando alguna tortilla de grasa, con la mirada helada de quien parece haber visto el fondo de las cosas. Y nosotros, los niños sueltos, jugando en las horas de la siesta con un viejo carrito para bebés. Y de a ratos, quietos, mirando la nada, escarbando la tierra con un palito, hasta que un gato caminaba sobre el tapial, o nos exaltaba el sonido de un avión que ya había pasado.

-Nunca se ven –dijo mi hermana-. Nunca están donde uno mira.

-Es que tenés que mirar más adelante de donde se escucha el ruido.

-Ufa, ahora vamos a tener que esperar a que pase otro.

-No hay nada para hacer.

La vi levantarse y caminar descalza, las baldosas del pasillo estaban algo sucias, veía la marca del polvo en la planta de sus pies ennegrecidos, esas cosas que no se olvidan, caminaba a los saltitos, haciéndose la artista, removiéndose el pelo.

-Vení –me dijo-. Mirá. Allá está el gallo.

Movía la cabeza como sirecibiera cachetazos invisibles. El plumaje se abría glorioso y lleno de colores vivos. Ante eso, todo parecía de mentira, falso, sin vida. Era un gallo poderoso, como de exposición, alto, de buen porte. En  tanto, las gallinas picoteaban la tierra con tranquilidad.

-A que no le tirás con algo –me desafió.

-Ni loco. Corre más rápido que nosotros, ya lo vi.

– A que le tiro con las zapatillas.

-No es una buena idea –quería desalentarla. La miré con seriedad-. La abuela anda por ahí. Nos va a ver. Además, me van a echar la culpa a mí. Vos sos nena.

-Pero las zapatillas son mías. Bueno, cualquier cosa fuimos los dos ¿sí?

-Es que al gallo no le va a pasar nada. Nos va a correr y a picar. Acordate lo que te digo.

Yo vi que la abuela había asomado la cabeza por una de las puertas del fondo. No dije nada. Ella no dormía nunca.

-Allá –señalé al cielo.

-Ah, mirá. Sí, tenías razón. Ahora sí que lo veo –apuntó al avión con su dedo y dijo bang.

-Le erraste.

-Pero al gallo no le voy a errar.

Ahí fue que le tiró con las zapatillas, por algo se las había sacado. Primero una, luego la otra. El gallo hizo un movimiento de boxeador. A la segunda la saltó. Por un momento perdió su cara de superado. Tuvo que mostrarse vulgar, cuasi cómico, algo de lo que reírse. Ese gallo sabía exactamente cuándo se estaban burlando de él.

En ese momento escuchamos que venía el tren. Un cosquilleo suave se coló por los pies. El sonido se fue haciendo atronador, como si en vez de deslizarse, proviniera de lo más profundo de la tierra. Tal vez eso nos distrajo. El ruido se adueñó de todo. Mientras tanto el gallo cruzó el patio a la velocidad de la luz y se abalanzó sobre nosotros. Nos hicimos un bollo.

-Ya pueden levantarse –era la voz de la abuela, el tren se perdía con su tantantantan.

Milagro del cielo, pensé. Ni siquiera nos habíamos dado cuenta. Ella había resuelto el asunto. Tenía esa destreza milenaria alojada en las arrugas, una intuición parecida a la de los gatos en la oscuridad. Hablaba con los silencios. Vimos que algo luchaba por liberarse detrás de su espalda.

-No se hace ruido a la hora de la siesta –nos advirtió.

Yo pensé en el tren. En las cosas que se dan por hechas y que el oído no escucha. Podía sentir un gusto amargo en la boca, el recuerdo del miedo hormigueando la piel. Mi hermana seguía agitada, no decía nada. Noté que le dio cosa estar así, descalza. Ya no tenía dos pies, sino dos bloques de cemento que no la dejaban moverse. La abuela miraba por la ventana que daba al caserío improvisado del otro lado de las vías.

Se hizo de noche.Nos ordenó que pusiéramos la mesa. Mi hermana se mostró atenta y no faltó nada. Se había esmerado en la perfecta alineación de cubiertos, platos y servilletas. Su cara proyectaba la satisfacción que produce el orden. La abuela vino desde la cocina con el delantal puesto, se la veía espléndida, llena de un encanto raro, una simpatía que no estaba en su forma de ser. Traía una olla de la que emanaba un vapor denso.

-La tabla –ordenó.

Apoyó la olla. La luz caía sobre la mitad de la mesa, directa, seca.

-Hoy se come sopita de gallina –dijo. Destapó la olla. Unas garras asomaban en la superficie para luego volver a sumergirse en la espesura amarillenta del caldo. Comimos sin hablar. Luego nos fuimos a dormir. En su casa no había televisión, ni radio. Nada. El sonido de las agujas del reloj eran bombas cayendoen medio de la noche de ojos cerrados. El rumor de los autos de la calle pasaba exactamente por el costado de nuestras camas, podía rozarte todo aquello que no veías. La oscuridad cerrada de la habitación continuaba más allá de las paredes. Si afinabas el oído, podías escuchar el aleteo amortiguado de las gallinas, pero nunca imaginar un color distinto al negro, un negro profundo que se devoraba todo.

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