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07/06/2015

Los periodistas

Por Juan Manuel Salas | Editor de QUÉ

Los periodistas

Ser periodista en los tempranos años de 1800 era ser revolucionario, era pelear por la libertad también de conocimiento y de información, era entender que con los medios, en poder de realistas, no habría libertad. Mariano Moreno lo entendió, fundó la Gazeta de Buenos Ayres y fue envenenado en alta mar. Bernardo Monteagudo intensificó una idea, comprendió que tener una imprenta y sacar panfletos revolucionarios tenía el poder de cañones, que la guerra también se peleaba desde las trincheras de una redacción y también fue asesinado, en Perú, ese país que ayuda a liberar.

Ser periodista comenzado el siglo XX era empezar a contar la ciudad, observar la ciudad, interpretar la ciudad, ser una voz de la ciudad. Roberto Arlt lo demostró mejor que nadie, sus Aguafuertes son a la vez periodismo y literatura, esa promiscua relación entre literatura y periodismo. Tal vez el periodismo sea la antesala de la literatura urbana, tal vez no, no importa.

Ser periodista en los setenta era estar condenado a muerte o al exilio, era ser idealista, era agarrar la posta de los revolucionarios, era ser llamado zurdo o subversivo.  El violento oficio de escribir de Rodolfo Walsh subió la vara tan alta de lo que el periodismo es y tiene que ser, de la sangre que necesita el periodismo, de la sangre que alimenta el periodismo, de la sangre que se cobra el periodismo.

Ser periodista en los ’70 y ’90 era ser el cuarto poder, era denunciar la corrupción, era aprovechar la vuelta de la democracia y la libertad de expresión. Los primeros Lanata, Caparrós, Bonasso, Verbitsky y tantos más que pusieron la lupa en el poder, que le pusieron nombres al poder, un poder que luego se cobró a Cabezas.

Ser periodista en el siglo XXI se convirtió en estar de un lado o del otro, los medios empresa quedaron en jaque, profesión y vocación se divorciaron y los grandes nombres de antes se volvieron una parodia de sí mismos. El periodista como parodia de un informante que dice lo que un sector necesita y pide se diga y calla lo que un sector no quiere oír.

Ser periodista en este siglo XXI de redes sociales no es sacarse una selfie, no es ser el protagonista de la noticia, no es estar primero para el catering, no es estar orgulloso porque el poder “elige” al medio para dar una primicia, no es.

Ser periodista en este siglo XXI es dormir cada vez menos horas y robarle tiempo al tiempo para hacerlo extensible y que alcance. Es llegar tarde a reuniones familiares, es comprometerse, es sangrar por los que ya sangraron, es escuchar a los que no tienen voz, es denunciar aunque nadie escuche, es poner la lupa en los detalles. Es pelearse, es indignarse, es fracasar y empezar de nuevo.

Con la objetividad declarada muerta y enterrada, con los medios cada vez más empresa y los gobiernos más preocupados por las tapas de los diarios que por lo que pasa en las calles, debería dar vergüenza hablar de periodismo sin compromiso social, sin vocación, sin sangre.

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