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10/02/2024

Los 150 años de Mar del Plata: de balneario aristocrático al turismo de masas

Desde su fundación, un 10 de febrero pero de 1874, la historia de la ciudad está signada por transformaciones que marcaron la vida de todos los argentinos.

Los 150 años de Mar del Plata: de balneario aristocrático al turismo de masas

El año 1874 marca el punto de partida de esta historia aunque, más bien, el comienzo de la ciudad de Mar del Plata que hoy celebra su sesquicentenario debería buscarse un poco más atrás. Porque la de Mar del Plata es la historia de aquel caserío marginal de la provincia de Buenos Aires posrosista que, a orillas del Atlántico, trastocó su destino de enclave productivo para consagrase, durante las décadas del ’60 y ’70 del siglo XX, en la capital argentina del turismo de masas.

A lo largo de estos 150 años trascurridos desde el decreto del 10 de febrero de 1874 en el que el gobernador bonaerense Mariano Acosta reconoció al pueblo como tal, Mar del Plata ha sido objeto de deseo, signo de distinción y refinamiento, y símbolo de la conquista social. Sobre sus calles, sus playas y su arquitectura se pliegan temporalidades diversas que espejan las trasformaciones sociales, culturales, políticas y económicas de un país que, desde fines del XIX, no dejó de experimentar a ritmo de vértigo.

Mar del Plata es muchas y, al mismo tiempo, es una. En ella coexisten, no sin conflicto, la ciudad turística y la permanente, la Mar del Plata de los veraneantes y la de su población estable, el mundo del esparcimiento y el del trabajo. Su perfil edilicio y urbanístico cambia, muta, se refunda. Los consumos y prácticas que sus visitantes y residentes vuelcan sobre ella se reinventan y su ecosistema social se expande y diversifica.

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Ese imperativo de ocio y distinción que abrigó los deseos de las familias aristocráticas de Buenos Aires, pronto permeó en sectores sociales que la exceden y no tardó en llegar –movilidad social ascendente mediante y, en ocasiones, a contrapelo de  retrocesos en la vida política e institucional– a las clases medias y trabajadoras que lo sabrán perfectamente posible. Todo sobre la base, como señalan Elisa Pastoriza y Juan Carlos Torre, de un imaginario igualitarista que hará de Mar del Plata el sueño de los argentinos.

DE CASERÍO RURAL A BALNEARIO DE ELITE

Pero, antes que en sus playas y geografía singular con sus lomas y bahías, es en las actividades económicas que le dieron dinamismo a la campaña bonaerense desde mediados del ochocientos donde los orígenes de Mar del Plata deben encontrarse: producción saladeril –con su factoría sobre la desembocadura del arroyo Las Chacras– para alimento de esclavos brasileños y cubanos, loteo de tierras e instalación de un poblado a iniciativa de Patricio Peralta Ramos y explotación ovina -punta de lanza de la economía argentina de aquellos años- marcaron el ritmo de la vida productiva de este confín costero que, para 1874, obtendría su título de pueblo de campaña.

El otro de los nombres ilustres en esta historia, es el de Pedro Luro. No sólo le daría un nuevo impulso a la actividad lanera en la zona, sino que, junto a sus hijos, le imprimiría al modesto enclave una trasformación radical. Inspirados en el marco natural y en la extensión de tierras a su disposición, pensaron en una nueva función para la ciudad: una estación de baños para la elite porteña.[1]

Existen en esta secuencia comprimida que hizo de Mar del Plata el destino principal de las familias privilegiadas de Buenos Aires, dos elementos claves: la difusión de las virtudes terapéuticas del mar y el aire marino, por un lado, y el arribo, para el verano de 1886-87, del Ferrocarril Sud, por otro. Desde entonces, el flujo creciente de veraneantes fue acompañado por la concreción de obras arquitectónicas, como el Bristol Hotel (1888), el Club Mar del Plata (1906) y la Rambla Bristol (1913), destinadas a convertirse en los centros por excelencia para la sociabilidad, el esparcimiento y los juegos de las vanidades.

En suma, procesos que las villas marítimas europeas de referencia –Biarritz, Brighton o San Sebastián– experimentaron por alrededor de cien años, en Mar del Plata se sucedieron vertiginosamente. Tanto así, que ya para la tercera década del siglo XX, la atracción que el balneario aristocrático ejercía fue alcanzando a nuevos sectores sociales igual de deseosos de participar del rito estival, hasta entonces, reservado para unos pocos.

LA DEMOCRATIZACIÓN DEL BALNEARIO

Los que trascurren entre las décadas de 1920 y 1930 fueron años que trasformaron a la primitiva villa en una ciudad balnearia. Aunque la apertura que ello supuso –tanto con gobiernos socialistas como conservadores– hizo que el núcleo aristocrático pionero perdiera paulatinamente su exclusividad en favor de un número cada vez mayor de visitantes, las distinciones sociales seguirían estando a salvo detrás de límites bien definidos[2]

Desde comienzos de los veinte y tras unas primeras décadas gobernada por comisionados que designaba el poder central, la gestión socialista que se alzó con la intendencia de la comuna –a lomo de la Ley Sáenz Peña de 1912– centró buena parte de su gestión en contemplar los intereses de una población permanente en aumento. Así, atendió a las condiciones de vida de los trabajadores de la ciudad, aumentó los gastos en educación y salud, y aplicó medidas de protección social. Además, se emprendieron obras de embellecimiento del Balneario La Perla, ya por entonces el preferido de los residentes locales, y se avanzó en la licitación de un balneario público municipal, que anticiparía la inauguración de la Playa Popular en 1930.

El curso de la política de apertura social de la antigua villa aristocrática no se detendría ni siquiera ante los signos de retroceso que la vida institucional argentina evidenció desde 1930 con el golpe de Estado. Esta naturaleza bifronte del período que se abre con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen estuvo encarnada en la figura del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Fresco.

Como promotor de un vasto programa de obras públicas, tres fueron las fomentadas por Fresco en la ciudad que prepararon el escenario para el desarrollo del turismo masivo: la pavimentación del tramo Dolores-Mar del Plata de la Ruta 2, el reacondicionamiento de Playa Grande (nuevo reducto de una elite cada vez más desplazada) y los monumentales Casino y Hotel Provincial con su nueva Rambla que el arquitecto Alejandro Bustillo levantó sobre los terrenos hasta entonces ocupados por el Paseo General Paz y la Rambla francesa.

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Con la cesión de la Playa Bristol a los turistas más recientes y la radicación de los antiguos en Playa Grande se delineó un nuevo dibujo de Mar del Plata. Si en apariencia ello convalidó los cambios sociales de los años previos, tales modificaciones formaron parte de un proyecto –como consideran Pastoriza y Torre– guiado por el imperativo de canalizar, estructurar y asegurar la cohabitación de sectores diversos con las jerarquías propias de una sociedad de clase.[3]

EL BALNEARIO DE MASAS

Mar del Plata completaría su transfiguración hacia el balneario de masas que hoy reconocemos, entre los decenios de 1940 y 1970. En esta etapa, el mérito del gobierno peronista radicó en retomar las tenencias de cambio social ya en curso y proyectarlas, mediante políticas públicas y el establecimiento de derechos como el aguinaldo y las vacaciones pagas, a gran escala. Reimpulso que mantendría su vigor durante los años sesenta y setenta, atrayendo a una nueva camada de turistas.

En cuanto a la ciudad material, la oferta de créditos baratos del Banco Hipotecario y la sanción de la Ley de Propiedad Horizontal de 1948 dejarían, en dicha transformación, una huella indeleble. De acuerdo con Víctor Pegoraro, la mencionada ley abrió la posibilidad de adquirir un inmueble, de uso temporario y de dimensiones más reducidas, a un precio asequible para fines de descanso y veraneo.[4]

Con la desaparición de las villas y mansiones de la belle époque y su reemplazo por las casas de departamentos que hasta hoy definen la fisonomía de la ciudad, culminaba el proceso de desplazamiento de la elite de sus dominios originales iniciado con los conservadores.

De ese modo, y con la multiplicación del fenómeno de la hotelería sindical, se terminó de perfilar, durante los años ’60, un rasgo económico y cultural estrictamente constitutivo de las clases medias argentinas. El confort y el consumo de bienes materiales y simbólicos se convirtieron en elementos para la clase trabajadora no sólo deseables, sino que las posibilidades de movilidad social lo hicieron perfectamente posible. Entonces, la foto con los lobos marinos esculpidos por José Fioravanti que se erigen orgullosos sobre la Rambla se convirtió en símbolo de la conquista social, un listón –como refiere Mónica Bartolucci– puesto en lo alto de miles de familias argentinas.[5]

[1] Pastoriza, Elisa. (2009). Un mar de memoria: historias e imágenes de Mar del Plata. Edhasa. Pág. 42.

[2] Torre, Juan Carlos y Pastoriza, Elisa. (1999). “Mar del Plata un sueño de los argentinos”. Pág. 64. En: Historia de la vida privada en la Argentina. Tomo III: La Argentina entre multitudes y soledades. De los años treinta a la actualidad. Dirección de Fernando Devoto y Marta Madero, AAVV.

[3] Torre, Juan Carlos y Pastoriza, Elisa. (1999). Op. Cit. Pág. 64.

[4] Pegoraro, Victor. (2020). “Un turismo de cemento para los argentinos. El consumo de departamentos en la costa atlántica (1950-1980)”. Pág. 181.

[5] Bartolucci, Mónica. (2004).  “La foto en “la Bristol”. Sociabilidad, circulación y consumo en la década de los sesenta en Mar del Plata”. Pág. 9.

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