Una noche en el acampe: reclamos entre frío, hambre e indiferencia

El acampe de las cooperativas frente a la Municipalidad, en su faceta más cruda. Hambre, situación de calle, solidaridad, la amenaza constante de represión y frío, mucho frío. Todo, a metros de quien les cierra las puertas en la cara.

27/03/2018
Una noche en el acampe: reclamos entre frío, hambre e indiferencia
(Fotos: QUÉ Digital)

La humedad es constante en los pies. El frío en pocos minutos se empieza a sentir en el cuerpo, pero se hace más ameno gracias a los fuegos que encienden aquí y allá, fuegos necesarios para calentarse, cocinar y sobrevivir a la noche. Los ojos, no siempre están irritados por el humo de esas fogatas: a medida que se conocen las historias, los problemas, las carencias, eso también se refleja en los ojos, no sólo en los ojos de quienes las sufren, sino también en aquellos que escuchan. Y es así de duro. Y las noches lo son todavía más que los días, días que se acumulan frente a las puertas de la Municipalidad. Días en los que siguen sin respuestas, sin trabajo, con frío e ignorados.

En el acampe de las cooperativas, el piso es la tierra de la plaza sin rastros de pasto, muerto de tanto caminar por las noches esperando una respuesta. Las paredes son banderas, o en el mejor de los casos carpas. Carpas que ofrecen algo de resistencia al hostil clima marplatense, a las alertas meteorológicas, porque en la ciudad no sólo las altísimas cifras de desempleo le complican la vida a las clases populares. Acá no hay mejor calefacción que la que pueden generar las maderas que recolectaron durante el día, no hay mejor alimento que aquel que se llegan a comprar, que les donan y que se comparte. Y se comparte porque no hay otro. Se comparte porque nadie tiene, y todos quieren los que unos pocos tienen y otros no dan: trabajo.

Mientras tanto ellos siguen ahí. Los invisibles. Y cada tanto los invisibles hablan, y tienen mucho por contar, sólo hay que escuchar. Uno de los acampantes dice que quiere cambiar el mundo, que no entiende la desigualdad. Otro asegura que aunque les falte, siempre pueden hacer un hueco, un plato o un lugar, para la gente en situación de calle que se acerca por las noches. También está aquel que vivió en carne propia lo que es dormir con el cordón de almohada, y que quiere un trabajo para tener un techo y así, recuperar la tenencia de sus hijas. Por lo bajo, también susurran la falta de solidaridad de otras organizaciones sociales que firmaron la “paz social” y señalan que, aunque están los que los tildan de “vagos”, también hay quienes se solidarizan y donan hasta lo que no tienen, como el joven en bicicleta que, según relatan, les dio los 30 pesos que pudo conseguir, o quien les compra los choripanes con los que intentan subsistir ante la desidia.

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Pero su grito es mudo, o al menos lo es para aquellos que deben escucharlos, aquellos que deben dar respuestas. Porque ni siquiera está en discusión -lamentablemente- por qué muchos de ellos vivieron su vida en situación de calle, por qué sus barrios no están urbanizados, o por qué Hernán sólo tiene 250 pesos en el bolsillo para mantener tres hijas, mientras funcionarios estacionan sus vehículos 0km lejos por ¿vergüenza? Lo que se pide es mucho menor, migajas. El pago de trabajos adeudados, el reclamo por los trabajos que dejaron de entregar a las cooperativas, que al fin y al cabo son quienes arreglan caminos, construyen viviendas, arreglan escuelas.

Pero en lugar de eso, a un lado de la calle Yrigoyen sólo hay silencio y policías que cuando no están de civil amedrentando y provocando a los pibes para justificar una intervención, están “cuidando” las puertas de la Municipalidad. De este lado, en la plaza, sólo hay nenes jugando, necesidades y muchas familias que no duermen. Por el frío, la incomodidad, por lo que no tienen, por el miedo de lo que dejaron en el barrio por venir a reclamar lo que les pertenece, pero también por el miedo del recuerdo latente de la violenta represión en Desarrollo Social, hace menos de un año.

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De aquel lado de Yrigoyen decían que no los iban a recibir hasta tanto no liberen la calle. Hoy la calle está liberada, y de este lado, la plaza es la que sigue dando cobijo a las familias. El problema es mucho más profundo que la circulación cortada que indigna a los funcionarios y al ciudadano sin conciencia. Es gente sin trabajo, sin las necesidades básicas satisfechas. Gente que padece al Estado, que brilla por su ausencia.

“Nosotros venimos acá porque queremos trabajar. Nos rompemos el lomo, tenemos las manos llenas de callos. Y si un día te quedás sin trabajo tenés que lucharla”, explica uno de los cooperativistas, y agrega con la voz quebrada: “Campeón, si yo te llevo a mi casa, y si abrís la heladera, está vacía, hermano. No tenés ni para comer. En serio te lo digo. Los chicos te piden cosas y vos no tenés. ¿Sabés cuántas veces me fui con el estómago vacío a dormir? Yo me la banco porque soy grande, pero los chicos no pueden. Y éstos sinvergüenzas se roban todo”. Son las palabras desgarradoras de un padre, a quien sólo basta con escucharlo unos segundos, con sentir en sus palabras la impotencia y un vacío en el pecho, a sólo metros de quien les cierra las puertas.

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Y así miles de historias. Como el “Sombra” que está hace 35 años en la calle. Como Walter, a quien la policía un día lo despertó, lo golpeó, lo esposó, no le dejó ni las zapatillas y se quedó sólo con la esperanza de algún día tener trabajo y techo para recuperar a sus hijas. Son sólo algunas de las historias de quienes encontraron en las organizaciones sociales una vía para reclamar por el trabajo que les falta, y en el gobierno a quien no camina 20 metros para conocer sus realidades.

Así están, en esas condiciones, en esa situación. En las narices del Palacio Municipal. Así es una noche en el acampe, el acampe que llegó a las tres semanas de duración, el acampe donde se entrelazan las historias y se teje el chaleco de fuerza de la desigualdad. El acampe donde se reclama lo que les deben, y también el derecho a trabajar que les extirparon. El acampe donde el frío y el hambre los tratan a todos por igual, con la misma frialdad de los que eligen no escuchar.

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