Miércoles 12 de junio | Mar del Plata
01/07/2023

Estaqueado por tener hambre: historia de la primera denuncia de torturas en Malvinas

El relato de Darío Gleriano, uno de los excombatientes que se animó a dar testimonio de lo sufrido en las islas y que espera que sus superiores sean juzgados.

Estaqueado por tener hambre: historia de la primera denuncia de torturas en Malvinas
Rubén Darío Gleriano.
Sebastián Alí

Por: Sebastián Alí

Lucho Gargiulo

Imagen: Lucho Gargiulo

– ¿Nombre?
– Darío Gleriano, clase 63.
– ¿División?
– Cañón 2 de la Sección 3. Batería A.
– A partir de su baja usted no debe dar información sobre su experiencia en combate ni ser imprudente en sus apreciaciones. ¿Alguna observación antes de terminar?
– Sí, que me torturaron.
(GADA 601, Mar del Plata. Julio de 1982)

En la intimidad del Grupo de Artillería de Defensa Antiaérea (GADA 601) de Mar del Plata, días después de haber regresado de la Guerra de Malvinas y mientras recluían a los sobrevivientes en dependencias militares para “engordarlos” y mejorar un estado físico que evidenciaba las condiciones en las que los hicieron combatir en las islas, ahí, en ese momento, se dio un primer intento de Darío por denunciar lo sufrido como conscripto por parte de sus superiores. No sería el último intento, aunque a partir de 1983 las prioridades de los excombatientes fueron otras, porque esos jóvenes convertidos en soldados por el gobierno de facto tuvieron que organizarse para exigir condiciones mínimas de reconocimiento y subsistencia. Recién en 2006 encontrarían el acompañamiento y el espacio para denunciar públicamente y ante la Justicia que sus superiores habían cometido torturas en Malvinas, como una continuidad del terrorismo de Estado desplegado de manera sistemática y clandestina en la década del ‘70. Y la denuncia de Darío Gleriano fue la primera de tantas que, 16 años después, todavía esperan obtener justicia.

A comienzos de 1982, Gleriano tenía 18 años. Trabajaba en la construcción, jugaba al fútbol en Kimberley y recién estaba empezando a proyectar su adultez. Pero salió sorteado y sabía que desde el 8 de marzo y durante los próximos meses tendría por delante el servicio militar obligatorio en el Ejército. No obstante, Darío nunca imaginaría que en mayo cumpliría los 19 no solo lejos de su familia y rodeado de militares, sino también lejos del GADA 601: los cumplió en medio de una guerra, en el frío de una trinchera del Atlántico Sur y mientras se recuperaba de haber sido estaqueado días antes por un superior, como castigo por la “rebeldía” de haber querido comer después de dos días sin recibir alimentos.

A partir de su presentación ante la Justicia hubo 200 testimonios de los cuales 120 fueron sobrevivientes que se animaron a contar sus experiencias, denunciaron a casi 100 superiores y se incorporaron a la causa que se investiga en Río Grande, Tierra del Fuego. Así, lo que sufrieron Darío y otros centenares de soldados conscriptos en Malvinas pasó a ser foco de una disputa judicial: tras una serie de fallos en contra, esperan que la Corte Suprema resuelva si considera los hechos denunciados como delitos de lesa humanidad, lo que permitiría evitar la prescripción por el paso del tiempo y juzgar a los responsables.

Pero todavía hay muchos que no se animaron a contar lo vivido y por eso reiteradamente se realizan campañas para concientizar a las víctimas de la importancia de dar testimonio. Quizás la historia de Darío permita no solo revisar los discursos homogeneizantes en torno a la Guerra de Malvinas -así implique sumar paréntesis a la historia e incluso bajar cuadros como sucedió en Mar del Plata– sino también animar a otros sobrevivientes a ir a la Justicia.

Porque son numerosos los jóvenes -que hoy tienen unos 60 años- que cargan con algo más pesado que el haber combatido en 1982 o haber soportado la indiferencia posterior: también pesa el no haber podido contar que, además de enfrentar a un ejército extranjero, tuvieron que hacerle frente a sus propios superiores y que fueron víctimas de crímenes que todavía no fueron reconocidos.

“COMO CADA PERSONA, TENGO UNA HISTORIA”

En 2023 Darío Gleriano cumplió 60 años. La mayor parte de su vida está (y estará) atravesada por la Guerra de Malvinas, en la que participó con solo 18 años, casi la misma cantidad de años que lleva esperando justicia por las torturas sufridas allí. Por eso, cuando se presenta, no lo duda: “Como toda persona, tengo una historia. La mía fue la historia de haber sido torturado el 27 de mayo de 1982 en las Islas Malvinas, en la Isla Soledad, en Puerto Argentino”.

Pero antes de la guerra, la colimba.

En plena consolidación del estado nacional, la Ley Ricchieri de 1901 impuso hasta que fue derogada en 1995 el servicio militar obligatorio en las Fuerzas Armadas como una herramienta más para la nacionalización de amplios sectores y ejercer, también, un control social, en palabras de Lafferriere y Soprano (2014). Ese sentimiento nacionalista se fue consolidando a lo largo de las décadas y la dictadura militar que se inició en 1976 buscó explotarlo a través de lo que llamó la “recuperación” o la “gesta” de las islas ocupadas ilegalmente desde 1833: la operación militar apelaba a un último intento de legitimación del poder que, seis años después del golpe, se estaba deteriorando.

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Y algo de ese contexto opera en el joven Darío de inicios de 1982, que debió sumarse a una batería clave como lo fue la artillería antiaérea del Ejército y que, como tantos otros, sentía de algún modo el orgullo o la adrenalina de pelear por su país: “No sabíamos lo que era una guerra. Nos tuvimos que hacer del día a la noche, sin saber qué nos iba a pasar, con el temor que tiene cualquiera por el inicio de un combate. Pero sí es cierto que también teníamos esa idiosincracia de chicos de 18 años que no medíamos los riesgos, las cosas que pasaban. Y también creo que sobrevivimos por eso, por la juventud que teníamos”, recuerda.

Rubén Darío Gleriano (Foto: Fundación Malvinas)

A tal punto, recuerda como si fuera ayer el momento en que, en medio de la colimba, les informaron que viajarían a las islas: “El teniente Alejandro Dachary fue quien nos dio la noticia. Subió a un escritorio en la batería A, muy temprano, y nos dijo esas palabras que nunca se te van de la cabeza: que habíamos recuperado las Islas Malvinas y que nos miráramos bien entre nosotros y nos preparemos porque muchos de los que iban a ir, quizás no volverían”.

Es que en esos días -continúa- se hablaba que un grupo del GADA 601 iba a ser trasladado a Comodoro Rivadavia, pero no sospechaban que terminarían en Malvinas. Por eso, Darío ni se pudo despedir de su familia: como pudo, durante el viaje al sur había redactado una carta para avisar a sus seres queridos de ese primer traslado, aunque luego tuvo que reescribirla para contarles que, en realidad, Comodoro Rivadavia sería una escala del viaje a Malvinas.

Pero ni siquiera estaba seguro de que su familia se enteraría, porque no pudo llevar esa carta al correo: antes de subir al avión que lo trasladó a las islas, le pidió a un soldado que estaba en la rampa si podía enviarla por él, y cumplió. Así, su familia se enteró del viaje al archipiélago cuando les llegó la carta: es decir, cuando Gleriano ya estaba hace cinco días en las islas.

torturas en malvinas

Tropa del GADA 601 subiendo a un avión. (Foto: Fundación Malvinas)

LA REBELDÍA DE TENER HAMBRE

El terrorismo de Estado setentista sistematizó en todo el país un plan clandestino de exterminio a prácticamente cualquier expresión revolucionaria o que aspirara a un cambio social y político. Sin embargo, esa represión a la osadía de querer modificar -aunque sea mínimamente- las condiciones de existencia también se trasladó a las islas, y se sumó a las precarias condiciones en las que el gobierno de facto de Leopoldo Fortunato Galtieri mandó a combatir a las tropas nacionales durante los 74 días de contienda.

Y justamente en el aniversario de la Revolución de Mayo, el 25 de mayo de 1982, había sido la última vez que Darío y sus compañeros habían comido: fue una chocolatada y un chocolate en barra para celebrar el día patrio en medio de bombardeos. “Después, hasta el 27 al mediodía no comimos, o por lo menos a nosotros, a nuestra posición, no nos llegó. Le dije a mi compañero que me moría de hambre, que me iba a buscar comida. Y eso hice. Yo no estaba de guardia, como empezaron a decir después: mi guardia empezaba a las 2 de la mañana”, explica.

torturas en Malvinas

Puesto de artillería antiaérea en las islas. (Foto: archivo personal)

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Y consiguió dos bolsas de comida, pero por parte de otra fuerza, la Armada, algo que tampoco le perdonarían. Así, ante el temor de sufrir represalias, escondió una de ellas detrás de una piedra al costado del camino entre Puerto Argentino y su base. Pero cuando volvió a la posición lo estaban esperando: “El cabo primero Freddy Salica, el jefe inmediato mío, me dijo que yo había abandonado el puesto de guardia. Le dije que era mentira, que yo no estaba de guardia y que encima hacía más de dos días que no comíamos. Entonces me agarró, me llevó adelante del entonces subteniente Eduardo Jacinto Alemanzor, que estaba a cargo de la tercera sección de la Batería A. En ese momento estaba el cabo Pedro Valentín Pierre que no pertenecía a mi pelotón, y a él le ordenaron que me pusiera en “calabozo de campaña”, que significaba estaquearme”, reconstruye.

Gleriano años después en los caminos de la Isla Soledad. (Foto: archivo personal)

La gravedad del hecho no residía solo en el hecho de torturarlo boca abajo, abierto de pies y manos y atado a estacas con los hilos de las carpas sin más que una manta de tela arriba (con un clima de alta humedad, vientos antárticos, lloviznas habituales y una temperatura media invernal de 2°C) sino también en la ubicación elegida: a siete metros de 150 tanques de nafta que eran utilizados para alimentar grupos electrógenos, es decir, a una esquirla de volar por los aires. A pesar del ruego para evitar el estaqueo, Pierre remarcó que la orden debía cumplirse a toda costa porque -recuerda Darío- de lo contrario “la situación se iba a desmadrar”.

“Me estaquearon a las 16.10 más o menos y me tuvieron hasta las 12 de la noche. Se cometieron varias falencias con mi estaqueo, por eso también se divulgó lo que pasó. Se me estaqueó en medio de una situación de guerra cuando se podía haber impuesto cualquier otro castigo si cabía, aunque creo que no. Y lo peor fue el abandono de persona, porque nunca dieron la orden de irme a buscar. Por eso a las 12 de la noche, dos compañeros que volvieron de la guardia empezaron a preguntar por mí y me ubicaron. Y me sacaron desvanecido porque más o menos para las 19 empecé a perder el conocimiento: empecé a ver que todo lo que pasaba al lado mío pasaba en cámara lenta, me estaba desmayando o algo de eso. Hasta que perdí la noción de todo, no sabía ni cómo me llamaba ni dónde estaba”, relata.

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El grado de hipotermia que sufrió fue tan alto que no alcanzaron las mantas con las que intentaron calentarlo de regreso a la posición, por eso dieron aviso al puesto de socorro, lo trasladaron y recién dos días después pudo reincorporarse a la trinchera: “Pude volver con mis compañeros de pozo, que era lo que anhelaba. Porque más allá de las circunstancias, si algo pasaba, queríamos que nos pase a todos juntos, porque habíamos prometido volver juntos”.

Dos semanas después, el 14 de junio, llegaría la rendición y el regreso al continente. Recién años después, Gleriano volvería a encontrarse a Pierre en una de las olimpiadas organizadas desde 1999 para excombatientes: en Tandil, frente a todos sus pares, Pierre reconoció que lo había estaqueado y que, a pesar de hacerle eso, “lo quería”. Gleriano se guardó su bronca y su respuesta, pero la daría años después ante la Justicia.

Gleriano años atrás en Puerto Argentino. (Foto: archivo personal)

DE MALVINAS A MAR DEL PLATA, LA RUTA DEL SILENCIO

El regreso de los combatientes al país se realizó como prisioneros de guerra en buques británicos: Gleriano lo hizo en el Northland, que desembarcó días después de la rendición en Puerto Madryn. Pero la idea de los altos mandos era que tuvieran el mínimo contacto con el exterior para no evidenciar las condiciones en las que habían combatido y que se expresaba, por ejemplo, en su estado físico o en lo que pudieran contar. Por eso, los enviaron a Trelew y de allí en avión a El Palomar, para alojarse en la Escuela de Suboficiales “General Lemos”, hoy “Escuela de Suboficiales Sargento Cabral”.

“Nos tuvieron encerrados unos días para limpiarnos, para engordarnos para que no nos vieran tan mal, aunque algunos de los chicos nos descompusimos por comer mucho de repente. Después de cuatro días nos cargaron en un tren en Constitución y nos trajeron para Mar del Plata”, reconstruye Gleriano. Si bien debían alojarse directamente en el GADA 601 para recibir la baja, los jóvenes cuestionaron esa decisión y se presentaron en el lugar tras estar un par de días con sus familias, en un breve pero ansiado reencuentro tras la guerra.

En el GADA 601 las autoridades castrenses empezaron a tomarles declaración a los soldados conscriptos antes de darlos de baja, un interrogatorio que también funcionó como un nuevo intento por esconder lo sucedido en las islas. Es que, tal como expone la socióloga Julieta Ressia (2021), antes de ser dados de baja, los soldados eran obligados a firmar su silencio sobre todo lo vivido en Malvinas, incluso operando psicológicamente a los veteranos vinculando su silencio a una muestra de “homenaje y respeto” a los caídos.

En esas actas donde se transcribían las declaraciones, recuerda Gleriano, además del “deber” de guardar silencio, les hacían preguntas para elaborar una ficha personal del veterano: “Abajo estaba el famoso recuadro de Observaciones por si queríamos contar algo más. Cuando yo describía lo que había pasado, además de insultarme y gritarme ‘milico de mierda’, nos rompían las actas si decíamos algo. Me rompieron ocho hasta que en la novena me negué a hacerla y les dije que me pusieran el castigo que quisieran”.

Así fue como fue enviado a uno de los calabozos del GADA 601 -el mismo sitio señalizado como centro clandestino de detención- durante dos días hasta que el coronel Juan Carlos Medrano Carolo lo encontró y dispuso su regreso a la Batería. Luego, fue sometido a curaciones por su “pie de trinchera” y dolores en el coxis por la exposición al frío y la humedad en las islas, sumado a la mala alimentación. Finalmente, le dieron la baja el 19 de agosto.

RETORNO DEMOCRÁTICO: INDIFERENCIA Y MILITANCIA

Las oportunidades de contar lo sucedido sin ser juzgado o menospreciado en un contexto de indiferencia no abundarían en los años siguientes, y los excombatientes seguirían cargando esas historias a cuestas: “Esa es mi historia. Se me ha puesto pesada en los primeros años. No lo podía contar, no lo podía hablar con mucha gente. Solamente con los compañeros, cuando nos juntábamos acá o en alguna reunión de excombatientes”, relata Gleriano y hace énfasis, además, en las presiones y persecuciones que sufrieron para guardar silencio, incluso con autos que los seguían hasta sus propias casas.

En paralelo, desde 1983 las urgencias de los veteranos y la falta de acompañamiento dejaron a las torturas sufridas en Malvinas en un segundo plano. Así comenzaron a surgir de las primeras formas de asociación como el Centro de Ex Soldados Combatientes de Mar del Plata, espacios desde los que empezaron a exigir a los sucesivos gobiernos un merecido reconocimiento y contención, sobre todo al no poder retomar su vida, esa que habían planificado antes de abril de 1982.

(Foto: archivo personal)

Es que esa distancia que se buscó establecer desde los primeros días entre los combatientes y el resto de la sociedad de algún modo se mantuvo, sobre todo a partir de la falta de políticas públicas concretas para atender las realidades de los excombatientes, que no pasaban solo por las necesidades materiales sino, también, por la contención necesaria para superar las secuelas de una guerra que -según cifras extraoficiales- derivaron en más de 300 suicidios.

“Con Alfonsín no tuvimos apoyo, ni nos pagaron la pensión hasta 1991, ni teníamos obras sociales. Muchos queríamos contar algo y nadie nos tomaba en serio. Después de muchos años sí pudimos porque se dieron cuenta quiénes éramos los excombatientes y que podíamos demostrar lo que pasó, que no estábamos locos“, reconstruye Gleriano.

En ese contexto, desde la década del ’80 Gleriano milita por ese reconocimiento en Mar del Plata y en todo el país. Es que no solo fundó junto a otros el Centro de Ex Soldados Combatientes local, sino que también puso el cuerpo hasta el límite, también en Capital Federal y en plenos años 2000, al punto tal que no todas las marcas que lleva en el cuerpo son del combate o las torturas en las islas, sino también de esa militancia posterior.

Por ejemplo, entre 2005 y 2006 instalaron junto a otros centros una “Carpa Verde” en Plaza de Mayo donde durante meses permanecieron hasta lograr que los afilien a PAMI y se les otorgue una pensión honorífica. Luego, en 2008, perdió la capacidad de uno de sus pulmones a raíz de un palazo en la espalda por parte de la Policía Federal en un operativo represivo en las escalinatas del Congreso, a donde iban a reclamar por la deuda que tenía el Estado por las pensiones adeudadas entre 1983 y 1991.

Más cerca en el tiempo, con la misma convicción que impulsa cada una de las causas de los excombatientes, Gleriano también formó parte de los distintos sectores que impulsaron en 2011 que se quite un cuadro de la figura polémica de Pedro Giachino, el primer combatiente fallecido y señalado postmortem como autor de delitos de lesa humanidad en sus funciones en la Armada antes de la guerra.

torturas en malvinas

Gleriano en el Cementerio de Darwin. (Foto: archivo personal)

CAMBIO DE PARADIGMA Y LA PRIMERA DENUNCIA

Luego de años de lucha de distintas organizaciones de derechos humanos, con el gobierno de Néstor Kirchner y su política de “Memoria, Verdad y Justicia” hubo un cambio de paradigma en el abordaje del terrorismo de Estado, con la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia debida y los indultos presidenciales, y la realización de nuevos juicios por los delitos de lesa humanidad, principalmente aquellos cometidos desde 1976. Fue un contexto que, además, propició el comienzo del camino judicial de las torturas en Malvinas, con Gleriano como iniciador, y luego del impacto que generó el relato del excombatiente Edgardo Esteban retratado en la película “Iluminados por el Fuego” (2005).

“Se hablaba de lo que había pasado. Todo el mundo lo conocía. Pero hasta el 2006 cuando fui el primero, no se habían radicado denuncias. Ahí se formó el expediente de todas las causas sobre torturas en Malvinas”, aclara Gleriano a la vez que subraya que fue el propio Kirchner quien le dijo que se acerque con su testimonio a la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia, con sede en La Plata, donde finalmente radicó la denuncia el 6 de septiembre de 2006, para luego ratificarla ante la Justicia Federal.

Queríamos contar lo que habíamos pasado, cada veterano tiene su historia

Esa denuncia dio inicio a una causa penal denominada 14947/06 en la Justicia federal bonaerense, la cual luego se declaró incompetente y consideró que debía enviarse el expediente a un departamento judicial más cercano al lugar de los hechos. Por eso, finalmente fue remitida al Juzgado Federal de Primera Instancia de Río Grande, cuyas actuaciones empezaron el 5 de enero de 2007 con el número de expediente 1777/07.

Luego, poco a poco, empezaron a sumarse testimonios a esa causa por torturas en Malvinas y desde entonces, según datos de la Comisión Provincial por la Memoria, que oficia como querellante, unas 200 personas declararon en la causa como víctimas o testigos de las torturas durante el conflicto bélico. Hay alrededor de 100 exmilitares argentinos imputados por esos crímenes; 3 de ellos llegaron a ser procesados y otros 20 fueron llamados a indagatorias. Hoy sin embargo, descartado en el marco del expedientes que las torturas denunciadas sean consideradas un tipo de sanción avalado por el Código de Justicia Militar, su avance depende de la decisión de la Corte Suprema.

“ESTO TAMBIÉN HACE A LA CAUSA MALVINAS”

Las denuncias por las torturas en Malvinas no quedaron exentas de resquemores entre los propios excombatientes pero Gleriano deja en claro que no hay más intenciones que dejar asentado que los hechos denunciados por él sucedieron y tienen responsables: “Yo con la causa quiero demostrar que esto pasó. Porque no solamente me pasó a mí, hubo 19 casos en el GADA 601, hubo muchos que no lo contaron aún. Más allá de que pasaron 41 años todavía hay muchos que no lo contaron o algunos que sí pero no hicieron la denuncia”, puntualiza.

Esto también hace a la causa Malvinas y cómo fueron las cosas. No me interesa si le sacan la pensión a los que me hicieron esto, si los meten presos o si les dan una condena. Yo lo que quiero es que los que lo negaron, los que mintieron y todavía mienten con esto, digan la verdad. Reconozcan que pasó y es la verdad. Lo que más nos interesa a los conscriptos es que se diga la verdad. A la causa hay que impulsarla por el honor de los compañeros que quedaron allá, que en definitiva son los únicos héroes”, recalca.

“No hubo solamente actos de heroísmo, también hubo errores y se sufrieron estos horrores por parte de los soldados. No solamente no nos daban de comer y nos maltrataban, también hubo torturas”, suma y, si bien rechaza la generalización respecto de la actuación de sus superiores en las islas, dispara: “Hubo buenos y muchos malos, pero que los malos se hagan cargo de cómo se comportaron mientras duró la guerra”.

Gleriano en el lugar exacto de Malvinas donde sufrió torturas. (Foto: archivo personal)

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01/07/2023