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24/03/2022

Faro de la Memoria: la lucha histórica por recuperar el espacio en Mar del Plata

A 46 años del golpe genocida, la historia de recuperación del Faro de la Memoria, sitio que funcionó como centro clandestino de detención en Mar del Plata.

Faro de la Memoria: la lucha histórica por recuperar el espacio en Mar del Plata
(Fotos: Qué digital)
Celeste Verdicchio

Por: Celeste Verdicchio

Es una tarde soleada de sábado y cada vez son más las personas que se acercan al predio ubicado en la zona de Punta Mogotes. Algunas y algunos convocados por el atractivo turístico del faro y otros por las historias de vida de las y los detenidos que se encuentran allí, en la ex Escuela de Suboficiales de Infantería Marina (ESIM), sitio que funcionó como Centro Clandestino de Detención (CCD) en la última dictadura cívico militar y que fue recuperado tras una lucha histórica en 2014 como Espacio para la Memoria.

Allí, entre los feriantes y el enorme mural de las y los desaparecidos, se encuentra la referente del espacio, Ana Pecoraro, hija de un desaparecido e incansable luchadora por los derechos humanos. En una entrevista con Qué digital, la coordinadora relata cómo fue la historia de recuperación del Faro en un Espacio para la Memoria, cómo es el trabajo diario de investigación, pedagogía y cultura que lleva a cabo el Colectivo Faro de la Memoria y cuáles son las incógnitas que, años después, quedan sin resolver.

Entre 1976 y 1983 la dictadura cívico militar ejecutó un plan sistemático de terror y exterminio cuyos instrumentos se basaron en el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de miles de personas. Para cometer estos crímenes, el aparato represivo se valió de todos los recursos del Estado tomando más de 700 edificios públicos para secuestrar y torturar a hombres y mujeres por razones políticas. 

Poder recuperar estos sitios y transformarlos en Espacios para la Memoria tiene que ver con la lucha histórica que llevan adelante diferentes organismos de derechos humanos, como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, sobrevivientes, familiares de detenidos y desaparecidos, y las y los ciudadanos. En 2003, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, se dispuso a la Memoria, Verdad y Justicia como un pilar fundamental de la Argentina con el objetivo de recuperar estos espacios y condenar a los responsables.

En 2004, cuando la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) se transformó en un Espacio de Memoria, comenzaron una serie de recuperaciones sin precedentes que habilitaron la recuperación de la ex Escuela de Suboficiales de Infantería Marina (ESIM) en Mar del Plata, lugar que formó parte del circuito criminal que incluyó a los centros que funcionaron en la Base Naval y en la Prefectura bajo la órbita de la Armada, el Ejército, la Fuerza Aérea y la Policía Federal y Bonaerense. 

En la ciudad, la historia de recuperación del Faro de la Memoria tiene su punto de partida en 2002 con las y los sobrevivientes y los organismos de derechos humanos que presentaron los primeros pedidos al Municipio. En aquel momento, cuenta Ana Pecoraro —la coordinadora del Espacio para la Memoria Faro Punta Mogotes (ex ESIM) e hija de Enrique Pecoraro, docente universitario detenido y desaparecido en 1979—, no se pensaba en Espacios de Memoria sino en “museos”. 

“En 2004, cuando viene Néstor a Mar del Plata, los sobrevivientes le alcanzan una carta con el pedido de recuperación del lugar. Esto se concreta recién en 2013, cuando la Secretaría de Derechos Humanos de Nación y Provincia y el Municipio convocan a organismos de derechos humanos, a la Universidad Nacional de Mar del Plata y a distintas organizaciones sociales, políticas y culturales —preferentemente de la zona sur— a pensar colectivamente la recuperación del predio”, relata Pecoraro. 

“Durante todo el 2013 hicimos reuniones quincenales que nos permitieron conformar lo que hoy se conoce como el Colectivo Faro de la Memoria, además de generar la fuerza que hizo que en el 2014 podamos entrar y empezar a trabajar”, recuerda.

Pero la historia del sitio y la decisión por parte del gobierno militar de ejecutar allí un centro clandestino de detención, tortura y exterminio, tiene su punto de origen años atrás. Según Pecoraro, fue en 1890 cuando la familia Peralta Ramos donó una hectárea para la construcción del faro, donde luego se construiría el edificio de la Escuela de Suboficiales de Infantería Marina, que funcionó desde el 1969 hasta el 1993.

Las edificaciones de las barracas, donde se ejecutó el servicio militar obligatorio entre 1976 y 1983, detalla Pecoraro, fueron parte de los centros de detención en el predio del faro al igual que el “chalet”, una instalación donde eran ingresados los detenidos para luego ser torturados sensorialmente.

En el difícil entramado de aquellos años, Pecoraro pone el énfasis en la pérdida de algunos de los sitios del predio. Uno de ellos fue “el polvorín”, una edificación en la que en 1979 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos halló sangre y picanas, pero que se perdió en los años 90 cuando el Estado tomó la decisión de repartir bienes a privados y quedó en manos del Aquarium, sin poder recuperarlo hasta el momento. 

La reconstrucción de la historia del espacio también tiene otros actores centrales como la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), que en 1984 identificó un sitio subterráneo que también funcionó como centro: “Ahora estamos tratando de ubicar al fotógrafo que hizo las fotos de los centros de detención de todo el país, porque con los registros que él tomó del lugar podemos comenzar a señalizarlo”, asegura la referente del Faro de la Memoria. 

Pero el más importante eje de reconstrucción de la historia descansa en el relato de aquellos y aquellas sobrevivientes: “Por sus testimonios sabemos que los ingresaban por el baño de acá”, señala Pecoraro dentro del “chalet”, ubicado a pocos metros de la entrada del predio.

“Este lugar funcionó como un anexo de la Base Naval, que fue una Agrupación de Buzos Tácticos y el centro clandestino de detención donde más personas desaparecidas hubo en Mar del Plata”, explica.

“Estaba la Base y algunos detenidos eran trasladados para acá. De ellos, algunos están desaparecidos, otros fueron trasladados a Bahía Blanca y otros liberados o devueltos a la Base Naval. No hay un criterio claro. Por ejemplo, en esa sala —indica Pecoraro— no tenemos testimonio. Acá en este espacio, los sobrevivientes cuentan que los hacían hacer fila y les cortaban el pelo o les hacían simulacro de fusilamiento”.

Las condiciones de secuestro acá [en “el chalet”] fueron extremas en cuanto a lo sensorial porque estaban atados de pies y manos, con vendas en los ojos y en los oídos, más la capucha y con música las 24 horas del día. Para saber si era de noche o de día, prestaban atención al sonido de los pájaros o del colectivo 

Desde la recuperación del espacio de 2014 en adelante, el Colectivo Faro de la Memoria ha pasado por diferentes períodos de tensión —advierte Pecoraro—, uno de ellos marcado por la intención de instalar a la Policía Federal durante el macrismo, con todo lo que eso puede significar.

“Fueron tiempos para nada fáciles. Yo fui despedida, que era el único contrato que había en el Faro, y nos quisieron instalar la Policía con Patricia Bullrich. Imaginate lo que es para un sobreviviente que esté la Federal acá. Hubo una serie de movilizaciones a nivel nacional y finalmente no se hizo”, recuerda y menciona el conflicto diario con el Servicio de Hidrografía Naval de la Armada Argentina, quienes se alojan en viviendas próximas al Espacio de la Memoria ocupándose del manejo de la torre: “Todo el tiempo hay disputa. Los de la fuerza creen que los bienes son de ellos y no que son bienes del Estado, bienes públicos”.

MANTENER VIVA LA MEMORIA

En el chalet, al igual que en el resto de los espacios recuperados en el Faro de la Memoria, se encuentran disponibles y abiertos a la comunidad una serie de archivos históricos. Uno de ellos, se trata de los fragmentos de los juicios en los que los sobrevivientes relatan su secuestro. También, hay material gráfico con los rostros de las y los desaparecidos y detenidos acompañados por sus historias individuales, “para que la comunidad sepa quiénes eran y por qué están desaparecidos. En eso las Madres y Abuelas son las que nos marcan y siguen marcando el camino, porque con ellas tenemos un legado y la responsabilidad de seguir transmitiendo lo que pasó”.

En la actualidad, el Espacio de la Memoria trabaja con dos pilares fundamentales: la investigación y la pedagogía de la Memoria. “Esto es muy importante en cuanto a la recuperación histórica de los procesos represivos en Mar del Plata, y que no sea en Capital donde ya hay mucha información, sino en el interior. Por suerte hoy tenemos unos 50 Espacios de Memoria a lo largo y a lo ancho del país y 800 o más centros clandestinos de detención identificados”, enumera la referente del espacio.

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Además de la investigación y la pedagogía de la memoria, con las visitas de diferentes escuelas de la ciudad para hacer recorridos explicativos, el Faro de la Memoria cuenta con una marcada agenda cultural: “El arte y la cultura a nosotros nos sirvió como un vehículo para que la comunidad se acerque. Acá hemos tenido presentaciones de libros, festivales, títeres, películas. Hemos invitado a les artistas y a diversas expresiones. También trabajamos con un ciclo de cine de derechos humanos que estuvo muy bueno y que esperamos retomar pronto, ahora que la pandemia nos está dejando”, detalla.

En su articulación con la Universidad Nacional de Mar del Plata y las escuelas, el Colectivo intenta mantener viva la memoria de las y los jóvenes pero “cuando les hablamos del pasado lo hacemos desde el presente, desde lo que pasa hoy”, explica. 

Con una mirada crítica sobre la coyuntura y los procesos históricos que atraviesan a la sociedad, destaca: “Reivindicamos la importancia de la organización y el trabajo colectivo, de la política que se ha transformado en una mala palabra, pero que es lo que nos transforma. Tenemos el desafío de aprender cómo hablarle a les jóvenes que están cada vez más lejos del Terrorismo de Estado, para que entiendan que parte de su presente tiene que ver con toda la historia”.

“Les ofrecemos a les docentes que dicten diferentes talleres. Uno es histórico y tiene que ver con todos los procesos represivos, pensado específicamente para el secundario. Otro es para primaria e inicial con actividades más relacionadas a los derechos. En ese taller hemos leído cuentos prohibidos como Un elefante ocupa mucho espacio o El pueblo que no quería ser gris“, cuenta la coordinadora.

“También trabajamos la estigmatización con compañeres de celda, reflexionamos sobre quiénes están en las cárceles, los derechos que muchas veces se vulneran ahí y qué pasa cuando las personas salen”, agrega Pecoraro. Se trata de una “celda itinerante”, un proyecto de intervención que surgió en 2013 y que busca crear espacios de reflexión y debate respecto de la violencia institucional con énfasis en la ejercida en el ámbito carcelario.

Entre otros de los proyectos, se encuentra la instalación del Centro Interinstitucional de Investigaciones Marinas por parte la Universidad Nacional de Mar del Plata en una de las edificaciones abandonadas desde 1993 que fue recientemente recuperada: “Ya están los fondos y se va a arrancar la obra. Para nosotros es un sueño hecho realidad que la Universidad se instale acá y que sea parte de la idea de generar un espacio público. Además está todo lo que genera la universidad: movimiento y dinamizar la zona. Estamos ansiosos de que arranque la obra”, adelanta.

Hoy, el Faro de la Memoria es el resultado de un trabajo colectivo llevado adelante a lo largo de todos estos años. Un trabajo que les ha permitido posicionarse en Mar del Plata como referentes de los derechos humanos, “siempre con el apoyo de organismos que son nuestro propio faro y que también depositan acá su lucha por la Memoria, Verdad y Justicia”, señala Pecoraro. 

Por último, la referente destaca el trabajo y la vinculación del Faro de la Memoria con otros actores: el Ministerio de Acceso a la Justicia, el Ministerio de Mujeres y Agricultura familiar, aunque también ha funcionado allí el plan FinEs para que miles de jóvenes puedan terminar sus estudios secundarios, además de ser el primer centro clandestino de todo el país en funcionar como centro de votación, y vacunatorio.

“Este lugar tiene que servir para la comunidad, si no nuestra tarea no tiene sentido”, concluye Pecoraro. 

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